viernes, 2 de marzo de 2012

EL MUNDO ESPIRITUAL DE EDUARDO MALLEA


EL MUNDO ESPIRITUAL DE EDUARDO MALLEA


Emilio Sosa López



         Buscar un centro espiritual desde el cual el hombre natural (argentino o sudamericano) pudiera reconocerse como mundo, como expresión de vida auténtica, revalorada por una conciencia moral del destino humano, ha constituido para Eduardo Mallea el motivo esencial de todas sus novelas. Enderezado a conquistar el plano de la trascendencia ha sido, sin embargo, la presencia acuciosa y enigmática de la tierra desnuda, de la pampa abierta como una interrogación al espíritu, aquello que ha promovido en él una voluntad de respuesta. Y justamente por haberle conferido al paisaje las cualidades de un alma, por haber descubierto la radicalidad profunda que liga al hombre a su contorno material, su obra participa hondamente de la estructura de lo mítico. Expresa el sobrecogimiento de la criatura frente a las cosas, y esta comunidad de sustancias, esta relación agónica entre lo externo y lo interno, confiere a su visión el carácter universal de la vida. Pero donde experimenta la trágica condición de la existencia humana es ante esa tierra absoluta, ante esa inmensa vastedad limpia y austera de la llanura argentina, cuyo sesgo de infinitud representa para el hombre “el abismo y el infinito (o sea el infinito espacio considerado como abismo) de su infinito terror”. Sin embargo, con ser la obra de Mallea una experiencia del abismo, su dramaticidad no proviene sino de una conciencia del desarraigo.

         A lo largo de su búsqueda, Mallea ha sentido dramatizarse en él ese momento de turbación angustiosa que padece el Hijo Pródigo ante la gratuidad de su vida sin arraigo. Esta parábola parece haber sido entrañable a su naturaleza moral, pues sin duda de allí procede la necesidad —convertida ya en  método— de retornar a la patria perdida. Y es que en su espíritu se ha dado una confluencia vivificante de ese sentido radical de la tierra y las más elevadas concepciones culturales del hombre. El resultado ha sido una agudización de su angustia, ya que él también ha comprobado, con el mismo grado de comprensión de Barrés, que el punto a que conducen esas culturas intensivas y fervientes del yo es a exasperar el propio ardor, al alimentarlo con nuevos deseos. Es así como se ha intensificado en Mallea, al regir su pensamiento con los imperativos categóricos de culturas universales, esa amarga conciencia de pertenecer a un país todavía no realizado espiritualmente, sin expresión cultural propia, que está, por así decirlo, aguardando el retorno de sus hijos para levantarse hasta el nivel de la creación. Ha sido, pues, el predominio del sentimiento de la tierra lo que lo ha llevado a descubrir la inautenticidad que resulta de adoptar un orden universalista, sin llegar hasta él por el camino de la radicalidad. De aquí proviene esa mentalidad mística, expresada en su Historia de una pasión argentina, de despojarse de todo, para exaltar únicamente una noción severa de la vida, como expresión del drama espiritual de su país.

         Al reflexionar sobre sus compatriotas, sobre esa calidad moral que los identificada secretamente, a pesar de la diversidad de sus modos de vida, determinados ya sea por la ciudad capital, por las ciudades interiores o el campo, Mallea ha visto en un fondo de “imperturbabilidad activa” la constante psicológica del hombre natural argentino. Esta actitud, que no implica una “postura” sino una decisión vital de crecer sobre fundamentos sólidos de convivencia, en contra de la vana apariencia de la transitoriedad, descubre la profunda raíz anímica que lo arraiga al suelo y, al mismo tiempo, la fuerza entrañable que lo proyecta hacia el futuro advenimiento del espíritu. El “argentino invisible” está, de este modo, no sólo confundido con la tierra, sino transferido al infinito por esta relación con su paisaje ilimitado. Para restituir esta personalidad elemental, Mallea ha debido descender a las raíces de su ser, a ese fondo emotivo de sus primeras experiencias, donde ninguna categoría de la mente podría distraerlo entonces del estado inaugural de su vida, inmersa totalmente en la contemplación del paisaje.

         Él mismo ha descrito de qué manera la extensión de la pampa, las onduladas lomas, el horizonte lejano, convergían en su infancia con la intensidad de una revelación impersonal. “Los destinos humanos casi no turbaban, con sus conversaciones y sobresaltos, el diálogo terrestre con las nubes, la suerte del trigo invisible que crece del grano muerto y recomienza”. Esta tierra que sus ojos han absorbido desde la primera edad se abre a una infinitud indómita en la que toda acción parece vana. En su salvaje resistencia, en su prodigalidad sin soborno, más bien fuerza a la transustanciación material del espíritu que a la fácil conquista de su suelo. La fijación de esta voluntad materializadora ha determinado en Mallea esa tendencia a lo telúrico de su instinto creador y ha convertido en fin la propiedad de su estilo descriptivo en una forma de introspección. De ahí el tono confesional e inductivo que tienen sus novelas y también, por contraste, el sentido de concreción real en que se absorbe su imaginación.

         La vocación novelística de Mallea proviene del centro de su problematización de la radicalidad argentina y si ella viene a configurar posteriormente un valor de ficción, lo es en cuanto responde a la necesidad de considerar, en un orden estrictamente humano, los efectos que esta radicalidad produce en ciertos temperamentos, sobre todo en aquellos que exigidos por el poder de la inteligencia quieren dirimir, en el plano del intelecto, el impulso irreductible y secreto del país. Surgen como personajes de ficción en la medida en que sus propósitos resultan irreales y caprichosos, frente a esa terrible verdad que representa la tierra de la que proceden. Así el drama novelístico de Mallea comienza cuando hace confluir la aparente libertad del hombre, la específica diversidad de su conducta, en un destino que ya no es propiamente humano, sino material, terrestre. Mediante esta convergencia de fuerzas distintas consigue crear en sus novelas y relatos ese clima de angustia y de melancolía, por una vida que parece no haber sido concedida del todo y que provoca, en el ánimo de sus personajes, ese estado de espera intemporal, de expectación silenciosa, por lo que fatalmente se realiza a través de ellos. Todos asisten a una privación, a un infortunio que no les pertenece, pero que, por haber sido dado una vez, no les queda otra posibilidad que compartirlo dolorosamente. En el fondo, el drama de esos desarraigados sólo expresa el imperio de la tierra, de esa tierra que necesita del ardor, la pasión y la sangre de sus hijos, para acoger el mensaje del espíritu. Ellos no son más que el abono, la siembra en espera de una fructífera recolección.

         Se advierte en esta trabazón de voluntades cómo la pasión de la muerte — que en sus protagonistas no es más que un desolado consentimiento al mandato del destino— determina la violencia en que habitualmente se debaten sus personajes. Enfrentados a un designio irrevelado, ellos parecen asistir, lo mismo que las criaturas de Faulkner, a un Juicio Final, que resulta, en este caso, aún más abrumador, porque no se trata aquí, como ha dicho Mallea, del Juicio que vendrá con la consumación de los siglos, sino del que procesa constantemente con el peso invariable de cada día. El diario sufrimiento, la diaria inquisición, deriva de ese paisaje abierto y silencioso que los impersonaliza y que se ofrece, en última instancia, como forma de una contención humana, como signo de una soledad prevaleciente.

         El conflicto espiritual que plantea Mallea comienza cuando descubre, en el fondo de la elementalidad del hombre, ese principio integrador de la soledad. Porque la soledad es la condición de la radicalidad. Mallea, que en su Nocturno europeo había salido en busca del mundo y de la vida, allí donde ellos habían alcanzado culturalmente su más alta expresión de libertad, encuentra de retorno al país, en su condición solitaria de desterrado, la patria interior. “Era como saber que al fin, cuando me separara más de todo, iba a ir al fin a juntarme más con todo. Por la patria interior se va a las otras, a las de afuera, a la patria nacional y a la patria universal, puesto que la verdadera patria, la profunda, no se hace sola, sino con el interior de cada hombre. Todo mi camino de antes, buscas, necesidad de calor humano, me parecía ahora abjuración de una soledad necesaria”.

         Esta visión interior le hace considerar también como frivolidad la riqueza de esas vastas extensiones, bíblicamente regaladas en ganados y cereales, que son para todo extranjero conquistador, posibilidad de engrandecimiento personal, de poder, de salvación en el tiempo. A sus ojos aparece entonces, detrás de ese externo esplendor, “el hombre desnudo enfrentado a la tierra desnuda, el habitante natural frente a frente, a solas con su destino interior… La persona enfrentada con los otros hombres, la tierra, la religión”. No es el hombre de una clase social determinada, ni el sujeto de una suerte social colectiva, ni siquiera el ente de la fortuna, sino la persona que posee, con la fuerza elemental, la capacidad de creación, de fundación. En la loca carrera del usufructo de la inmigración, ese hombre solitario había quedado atrás. Pero a la declinación de las castas poseyentes, que en medio del desarraigo aspiraron  a establecer un mundo de sueños ideales, de fastuosidad y de engaño, este hombre habría de aparecer, con su verdad terrible, con su sino trágico y peligroso. “Venía detrás —dice Mallea— sombra grave que sigue al que dilapida”.

         Tal es el drama moral que se dibuja sobre el fondo de esa Argentina “visible” y banal, condenada por Mallea, un drama de conciencia, una necesidad que se manifiesta severamente, por oposición al exhibicionismo de la riqueza, como un deseo de reedificar el destino auténtico del país sobre bases menos transitorias que la ostentación y la mendacidad.

         El inmigrante que expropió el país, trayendo a su suelo rebelde un sentido de la vida sustentado en el afán de poseer aquí bienes que nunca se tuvieron en el lugar de origen, trajo también la herencia de una maldición. Una especie de sentimiento puritano de la vida se difundió, por ello, en la época del crecimiento material del país, expresándose en el amor al dinero, al bienestar, al lujo, como una refutación a ese mal radical de la existencia, por el cual todos, salvo los elegidos, habrán de merecer la destrucción y el olvido. En el fondo era la conciencia culposa de la caída del hombre la que los apegaba aún más a esos hijos de una civilización sin espiritualidad, agobiados por una lucha de clases, a los bienes materiales, con el objeto de eludir el desideratum de la muerte, de vivir burguesamente como si la muerte no existiera para ellos. Pero estas castas, que a sí mismas se consideraron como elegidas y que se instauraron como por derecho divino a perpetuidad, una vez desaparecido el impulso generador que les legó el patrimonio, entraron en el ciclo de la decadencia por efecto de la comodidad, de la falta de lucha con la vida. Las segundas generaciones vivieron en ese mundo ideal que crea la riqueza, sin contacto verdadero con el tiempo y los hombres. Se enclaustraron y fracasaron. Al final, los hijos de los hijos, condenados por el diario soborno de una existencia irreal, acabaron cayendo bajo el juicio inexorable de la vida que ellos eludieron.

         Ya no son más que sombras sobrevivientes de una grandeza que no conquistaron, que usufructuaron ociosamente, sin conciencia del porvenir. La maldición se ha materializado en ellos en la forma de un desarraigo. No les queda otra cosa que el convencionalismo, la alusión a una cultura sin vínculos vitales en la que ilusamente fueron forjados, que como materia de un sueño les sirve para cubrir el vacío angustioso de sus almas sin vida. Son esos testimonieros que se demoran en una vida gratuita, esos héroes locuaces y aprensivos de La bahía de silencio, que, como dice Canal-Feijoo, “marchan a lo largo de las páginas, primero ebrios de erudición o de intuiciones, luego cansados, acaban asomándose al éxit con el típico rictus de la urgencia del vómito. Hablan bella y brillantemente; viven estúpidamente; terminan lamentablemente; tienen recuerdos; tienen momentos; lo que no tienen es futuro”.

         La prueba espiritual que impone Mallea al lector es hacerlo transitar por un mundo inconsistente, sin trayectoria y sin fe. En ese orden del desarrollo todo parece prescrito. Sin embargo, Martín Tregua, el personaje narrador de esta novela, percibe ese clamor secreto que se expresa a través de su voz: “A veces lo que habla en nosotros es materia sin dueño, vieja e impersonal como el lamento de las ínfimas castas o el tono de la ambición de las altas”.

         Al convertir el tema del reencuentro con el país en un problema de conciencia, Mallea desvía hacia un fondo trágico sus intuiciones sociológicas y muestra, ya confundido con la angustia, el sentimiento de la radicalidad obrando de distinta manera, como un anhelo de liberación de ese destino impersonal que los domina sin dejarlos vivir, que les impide, a sus personajes, llegar a ser ellos mismos. El signo de esterilidad que se percibe ahora en los actos humanos deriva del predominio de una fuerza geológica. La presencia de la llanura del sur argentino, que absorbe en su infinitud todo carácter y toda necesidad de comunicación y amor, comienza a prevalecer en sus obras novelísticas, transformando todo acto humano en gesto de hostilidad y ahogo de vida. El poder trágico que a partir de ese momento asume la novela de Mallea se debe justamente al traslado del plano de la trascendencia al del paisaje, haciendo de una dimensión espiritual una concreción dinámica de fuerzas físicas, que gobiernan, dirimen y deforman la sustancia y el sentido de cualquier destino personal.

         Todo verdor perecerá comienza con la descripción de una tierra absoluta, blanca, calcinada por el sol, abrasada por vientos feroces. Es como la presencia de un alma universal devastada, una tierra en la que, al parecer, sólo restan las cenizas de un paraíso destruido a la caída del hombre. El drama de muerte y de locura que allí se desarrollará tiene el paisaje como una alusión constante al eterno dictamen de la maldición divina. Sus personajes, Nicanor y Ágata Cruz, a pesar de sus ansias de entrega y comprensión, no pueden realizarse a sí mismos. En su egoísmo, en la impotencia para vivir, en sus cruciales aislamientos, participan de la inmutabilidad de la piedra, de esa misma indiferencia del polvo seco de que fueron hechos y al cual retornarán.

         El alma parece haber sido absorbida por esta tierra estéril. Tan completa desolación viene a reiterar el fondo mítico de la caída del hombre, ya que esa tierra había sido antes fértil y propicia para el cultivo, pródiga como la ilusión de los primeros pobladores que vinieron a usufructuarla. Pero en ella  ha obrado un mandato terrible. En ella se ha manifestado la maldición que pesa sobre el destino terrible de la criatura humana. Así, en esa tierra verdeante, vestida en primavera de un oro que resplandecía desde las copas, se arraigó, quizás para acrecer los motivos de una ancestral tribulación, el principio de la desdicha: “Vientos foráneos trajeron luego de la costa lejana arenas intrusas; un médano sentó sus reales en la parte más abierta y baja de la región, y otros se le acercaron luego en estéril asamblea. Grandes extensiones fueron viciadas a ambos pies de la sierra. Los pastos recibieron la invasión; las lluvias decrecieron; el campo, enfermo, devino torvo. Y la población se fue deshaciendo en lentas migraciones”.

         El simbolismo religioso y mítico de esta descripción, en que los elementos se organizan dramáticamente para materializar el poder de una voluntad que condena, alude, como se ve, al origen de la caída y el destierro del hombre. Mallea, al reiterar este tema, consigue transponer todo destino personal a un orden de eternidad. Ha dicho, en cierta oportunidad, que “nada de lo humano vale la pena ser pensado sin un asomo de su acepción de eternidad”. Esta recurrencia a los modos estructurales del mito revela a su vez el fundamento religioso sobre el cual Mallea basa sus reflexiones trascendentales: ese sentimiento primario y radical de espanto que padece el hombre frente al mundo que lo rodea, frente a esa tierra que aun a pesar de consumirle el alma, parece no pertenecer a nadie. Aquí el hombre vive con la conciencia de su caída, y la inmensidad del cielo ya no es para él el habitáculo del espíritu; es prueba de una inconmensurable separación. Así expresa: “Ahora estaba tan alejado, tan remoto, tan sin nubes, que sólo era sensible, al que levantara los ojos, la imagen de su mortal abdicación”.

         Parece ser que Mallea, desde el comienzo de su creación novelística, no ha hecho otra cosa que llenar de una espantable concreción el espectáculo pascaliano del infinito abandono del hombre. Su libro La ciudad junto al río inmóvil lleva por epígrafe la frase del angustiado filósofo: “Le silence éternel de ces espaces infinis m’effraye”. Pero la virtud de esa visión de Mallea consiste en haber dado realidad sensible al infinito. Sus personajes aparecen por esto como fragmentos que encarnan designios irrevelados; ellos confirman la trágica condición de los seres humanos, quienes contradictoriamente viven en el tiempo un ansia de eternidad, que la vida únicamente puede colmar con la pasión de la muerte. Más que nada, los personajes de Mallea son, como expresa la frase de Melville, “frágiles vasos arcillosos que contienen esencias eternas”.

         Porque, en verdad, se puede afirmar que las criaturas malleanas no viven, sino que se destruyen como objetos, como cosas. Les falta la perspectiva del tiempo. Viven situadas en un pasado prescrito y aun cuando prolonguen sus ilusiones hacia el futuro, permanecen inmutables dentro de sí, aguardando que un tiempo cíclico les restituya el sentido de sus verdaderas personalidades. No viven los instantes presentes. Huyen, deseosos de perfección, a un mundo de sueños o hacia épocas de esplendor, o esperan que sobrevengan otras de iguales proporciones, como acontece con Ramón Ricarte y su hijo Roberto, de Las águilas y La torre. El primero se refugia en el recuerdo de una grandeza y fastuosidad perdidas; el otro aspira a restituir la fe que hizo posible el éxito de su abuelo. Y este escape hacia la abulia o la ilusión significa una derogación de sus propios destinos, en el momento en que deben asumirlos. Y es que el presente para ellos no es más que muerte, frustración y condena.

         En Los enemigos del alma ha tratado Mallea de penetrar en la mixtura de estos sentimientos devastadores, que en sus últimas raíces no revelan sino la presencia de un mal entremezclado con la existencia. También los Guillén pertenecen a una casta decadente. No aceptan la realidad, sino la banalidad de una vida que ha de morir con ellos. Mario, en su estéril juego de convenciones sociales, encarna el giro deleznable del Mundo; Cora, descendiendo al frenesí de los placeres insaciables, inviste el proceso de degradación de la Carne; Débora, centrada en su impotencia, revive la postración del Demonio. La aparente alegoría de esta novela quizá distraiga la atención del lector respecto al problema central del desarraigo, sobre el cual Mallea vuelve constantemente. A pesar de su simbolismo, esta novela describe una situación real. En sus Notas de un novelista, Mallea ha dicho acerca de estos personajes: “La vida —y no yo— ha querido que encarnen las direcciones divergentes y convergentes de esos tres enemigos acusados por la doctrina tradicional. Pero no tienen que ver con la doctrina más que en la medida de su coincidencia: una coincidencia puramente humana. No son símbolos. O si son, lo son —en la medida en que cada cosa es símbolo de otra— de un círculo de orgullosos, de una de esas familias tremendas de deformación por la soledad…”.

         No se trata, pues, de una novela de evasión, sino que describe los efectos monstruosos de una evasión. Por eso, salvo en aquellos aspectos en que el simbolismo de la acción parece transmutar la naturaleza de sus personajes en un hieratismo apocalíptico, las figuras de los tres hermanos Guillén, no obstante vivir ficticiamente, son acuciosamente reales y punzantes. Resulta, por tanto, inadecuado pensar que Mallea se haya propuesto en esta novela conformar un dramatismo de puras formas simbólicas. Lo simbólico surge como resultado de una reducción a valores trascendentales de aquellos aspectos más relevantes de la frustración de ciertas castas que consideraban al país como una regalía y no como una empresa de todos. Presentar, en consecuencia, estos hechos de la vida argentina desde el plano de una trágica dimensión, como es el Mal, significa darles expresión en el mundo del espíritu. Significa también darles sentido dentro de la historia de la humanidad.

         El que Mallea vea la vida consumirse en una demoníaca frustración no quiere decir que tal visión lo comprometa en su condición espiritual. No es un escéptico, puesto que lo único que verdaderamente le interesa mostrar son las consecuencias del desarraigo, cuya acción, contraria a la vida, sólo revela indiferencia y desprecio para los demás hombres. Aunque Mallea nunca lo haya formulado concretamente, pareciera que su ideal humanístico se afirmara sobre el principio de que todo hombre es nación. Así se explicaría el hecho de que defectos humanos o ciertas actitudes frente a la vida, lleguen a adquirir proyecciones gigantescas. Tal es el caso de nuestro país. Entre nosotros se ha colectivizado, al entrar en la fase constructiva de nuestro progreso, un fondo de orgullo, un sentimiento refractario de la vida como realización espiritual, un arribismo desprovisto de humildad y fraternidad, provenientes de sectores sociales sin arraigo. Se ha cosificado, igual que en las vetustas y suntuosas mansiones del pasado, en las ciudades nacientes, generalizando, de este modo, el sentido de lucro, de goce y posesión. Mallea reconoce en la vida de la ciudad este signo de una crueldad puritana, como la afirmación de un castigo inmemorial. La realidad es, para él, una forma enemiga, una presencia omnisciente que juzga y castiga diariamente: “Aquella ciudad no ofrecía destinos blandos, aquella ciudad marcaba”, dice en el comienzo de La ciudad junto al río inmóvil.

         No se puede negar que hay en Mallea un espíritu incriminador, un celo casi religioso por discriminar el sentido auténtico del destino argentino. Pero como todo gran artista que trabaja con la irreductible materia de la existencia, para extraer de allí un sentido moral —única especie que convierte cualquier acto humano en historia—, Mallea no ha podido evitar que su actividad esclarecedora se convierta en padecimiento personal. De este modo, sus problemas no sólo se acomodan a su imaginación, sino que arraigan en una experiencia de tipo trascendente. “Toda mística —ha dicho Mallea— se origina en la soledad de un corazón, y esta soledad, lejos de aislarnos fundamentalmente, nos comunica más profundamente con todos”. Esta extraordinaria capacidad de compenetración humana, este poder para recuperar lo espiritual en lo concreto, se debe a que él se ha situado, desde un comienzo, en un plano de integración humana. Su visión apasionada de la realidad argentina aparece relacionándose con una idea trascendental del destino del hombre. Si como novelista desciende implacablemente a la realidad de lo visible, para incriminar allí todos los vicios de la banalidad, lo hace para tomar un punto de apoyo y ascender luego, ya como agonista, al ámbito invisible de las grandes realizaciones morales. Lo que Mallea afirma y quiere restituir para la fisonomía moral del argentino es ese fondo imperturbable y contemplativo del hombre natural, de ese ser solitario que está entrañablemente ligado a la tierra, ese ser esencial que se muestra en una constante actividad interior de amor y fraternidad. “Cuando me acerqué a este hombre —expresa en su Historia de una pasión argentina—, y lo vi siempre solitario ante una tierra que lo circundaba sin proporción, dándole sufrimiento no sólo material sino de espíritu, por aquello de Pascal, creí con alegría haber hallado el cogollo vivo de mi tierra. Fue una experiencia que no puede compararse sino con el goce extraño de hallar, de pronto, el objeto de un vago y hasta entonces no localizado amor”.

         Toda la obra novelística de Mallea es, en el fondo, un reflejo de esta experiencia fundamental. Pero no se agota con todo en una temática reiterativa. Su especial interés por los valores artísticos del género narrativo y las preocupaciones de índole filosófica o psicológica de lo humano que tanto conmueven su espíritu, han acrecentado últimamente su labor dentro de un orden de planteos universales acerca del inagotable poder de la humana condición. Lo atestiguan obras como Simbad, o libros de relatos como Posesión, La razón humana, o sus recientes novelas* de experimentación imaginativa o de experiencia como El resentimiento o La barca de hielo. En todas ellas existe una dirección elevada del pensamiento creador, el cual sin declinar su inicial preocupación nacional evidencia una mayor libertad proyectiva y una integración de sus motivos particulares dentro de una concepción más amplia de la novela, a los fines de mantener su tradicional prestigio de gran arte. A esta última comprobación corresponde, entre tanto, señalar cuál ha sido la obra que ha significado para Mallea su propia síntesis. Sin duda alguna, esta obra ha sido Chaves.

         En verdad, ninguna figura de Mallea conforma más viva y dramáticamente la esencialidad de ese hombre natural buscado y encontrado por él que Chaves. Este personaje, aparentemente anodino, transcurre a lo largo de una opaca historia de dolor y privación que tiene, sin embargo, la simplicidad y la plenitud de una narración evangélica. En función de este protagonista, Mallea ha podido descubrir que la causa última del desarraigo proviene de ese estado insuperable de incomunicación en que vive cada ser, que sólo es posible superar afirmando un sentido soteriológico de la vida. Chaves encarna el mito de la soledad del hombre. Es la criatura imperturbable y silenciosa, con un fondo moral en que la inocencia rezuma una sabiduría elemental y una resignación que es casi un don de presciencia. Es también el hombre con arraigo espiritual al suelo, que no reconoce diferencia entre la vida y el paisaje. Centrado en esta inextricable plenitud, casi ni necesita de la palabra para explicarse el sentido profundo de la existencia. La usa como paliativo, como un sesgo ilusorio que  soslaya la realidad material del vivir, el dolor y la muerte. La palabra no expresa para él sino la turbación y la desesperación del hombre frente a la fatalidad de todo lo que se destruye. El hombre habla cuando el miedo y la inseguridad de vivir lo posee. Y esto lo ha experimentado Chaves. Primero la confesión de su amor, la necesidad de sostener su trabajo; luego la pérdida de su hija y la muerte de su mujer han sido motivos de vanas alocuciones, de frenéticas explicaciones, en fin, de una iracunda y estéril imploración. Por último ha percibido que la verdadera sustancia de la vida es el silencio, y ha resuelto callar. Su postrer perorata la ha lanzado ante el cuerpo exánime de su mujer. En aquella noche de vela, acompasada por su soliloquio delirante, Chaves ha terminado por aceptar la vida tal cual es. La muerte le ha revelado la soledad absoluta de su ser. Él no será, en adelante, más que un fragmento de silenciosa espiritualidad, que nada ni nadie podrá destruir. Porque Chaves es sobre todo un hombre transustanciado por el poder de la muerte. Su destino ahora, por libre determinación, será un callar absoluto como la voz de Dios.

         Este auténtico ser, en quien la radicalidad es ya una actitud moral frente al mundo, se yergue como una acusación a la inautenticidad, al soborno de la palabra mentida, que no es sino la degradación del Verbo inaudible y creador de la vida. Esta obra es sin duda la obra de una catarsis puesto que desentrañar tal vocación de silencio es compenetrarse con la íntima oquedad del espíritu que denuncia la realidad en su verdad. Así, la decisión de callar no es en Chaves la consumación de una maldición condenatoria del hombre, ni siquiera la aceptación de un fracaso irremediable, sino la aceptación de un destino superior. Es la forma de una soledad espiritual que procura, después de un implacable aniquilamiento de todo egoísmo, asumir ella entera la significación de un mensaje.




*: N.d.E.: este ensayo fue publicado en 1968

Emilio Sosa López, “La novela y el hombre”, Editorial Gredos, Madrid, España, 1968

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