jueves, 29 de marzo de 2012

EL ÚLTIMO INOCENTE, por Eduardo Mallea

El último inocente*


Eduardo Mallea




a.



Lo que yo quiero en este instante determinar de antemano, con todo el ímpetu posible, es que no está en mi ánimo acudir a una digresión filosófica en especie, sino ocuparme de aclarar ante ustedes, pero sobre todo ante mí mismo, ya que tienen la cortesía de escucharme, algunas conjeturas que importan a la sustancia del novelista, siendo esta sustancia el hombre.

Quede bien entendido que la indagación en que me interno es, por lo menos prima facie, un ejercicio conjetural, destinado a saber qué es el hombre, qué se ha hecho el hombre para quien intente novelarlo conforme al esguince nuevo de los tiempos. No es mi oficio la metafísica. Sólo que pensar, por el solo pensar, en estas tremendas horas fácticas se va volviendo cosa tan morosa, inactual y desusada que casi es lo único que va quedando al hombre donde el hombre mismo pueda por unas horas refugiarse de ser lo que se le obliga a ser, o sea una sombra de lo que fue y un postulante espectro de lo que va a ser. Pues lo cierto es que la hora no puede estar más llena de transformaciones que nos suceden con sólo haber apretado los botones de sorpresa a que una aplicación científica —entre tal vez las mil y una posibles— nos ha llevado.

El novelista consciente de su función se pregunta hoy qué tiene por delante, en qué está la sustancia “ser”. El problema se le plantea en descifrar exactamente qué ha pasado con el destinatario de su preocupación y objeto de su pensamiento. En qué está el asunto humano, en qué está el actor de ese asunto.

Lo cierto es que, en el terreno de la actitud, el hombre vivía hasta hace poco instalado en el mundo en medio del haz de los proyectores seculares. Poco difería de modelos que aunque a él mismo le parecieran primitivos y periclitados, lo comprendían aun en sus rasgos generales, habiéndole a lo más instalado en la mente un aparato de despreciar mejor las actitudes y  gestos que le cupieron o se le prestaron antaño. Digamos cuanto antes y lo más sumariamente que podamos, a fin de instalarnos en la cosa misma, que el hombre helénico, el hombre jurídico romano, el hombre de la escuela medieval, el hombre romántico y el clásico, el hombre realista —o sea, en sus arquetipos literarios, el ser de Eurípides, el comensal de Petronio, el hombre de Raymundo Lulio, Carlos Bovary, el sujeto filosófico volteriano y el personaje heredo-trágico de L’Assomoir— no difererían en esencia, aunque se distinguieran íntimamente en existencia, del héroe de Proust o el “hombre sin cualidades” de Robert Musil, mal que sentara a ciertos arrebatos kantianos de la reflexión crítica sobre sí misma. Una especie de continuidad íntima instalada presidía a todos aquellos seres de diversa edad.

Pero el hombre que vivía así hasta hace pocos años, en medio del haz de los proyectores seculares, ha empezado a ser otra cosa, se ha puesto a ser otra cosa, o bien la secreta histotia del acontecer cósmico lo ha colocado en la suma fatalidad de ser esa otra cosa.

No es fácil progresar en este género de apreciaciones. Son un tanto eso: género, y de lo genérico y especial se habla ligeramente. Pero lo cierto es que cuando algo de fundamental y de distinto le ha pasado al mundo, algo de igualmente fundamental e igualmente distinto le ha pasado al hombre. No se trata ya del planteo atómico de nuestro tiempo, sino de algo de más interno, de más concerniente a la órbita de las relaciones humanas: en cierto sentido, ha sobrevenido esa especie de desmoralización o libertinaje en que la razón, cansada de no progresar en la organización de algún producto inmaterial en la medida en que lo han hecho la metafísica realista y la ciencia actual, ha incurrido, por una especie de quiebra de sí misma. Podría decirse que el hombre ha entrado hace algunos años en la etapa de confesarse, sin atreverse a publicarlo o a intercomunicárselo radicalmente, la certeza de no saber qué hacer consigo mismo —  entregado ya como está a que se haga de él—, si no es meditar elusivamente en las probabilidades de su autodestrucción como género humano. Allí donde ha llegado el pensamiento helénico, allí donde ha llegado la física contemporánea, no ha pensado en efecto llegar el hombre en las soluciones de su destino racional o convivencia premeditada, y, sabiéndolo, se acuesta caído como un lobo viejo a descansar de su fracaso, puestos los ojos en la apoteosis destructiva de semejante fracaso. Todos los días leemos sin encabritarnos la crónica de nuestra anunciada desintegración y manejamos nuestro destino común, no como hombres dotados de aparatos inteligentes, sino como dioses ofensores a cuya empresa se hubiera confiado el cometido de aniquilarnos.

La conciencia, no de la necesidad inmediata y heroica de remedios sino de la inevitabilidad eventual de semejante calamidad, ha llevado al hombre actual a buscar en acto y en el acto, en su dintorno y en la esfera de sus medios de acción momento tras momento acelerados, el consumo de productos de cuya especie y volumen obtenga las específicas y voluminosas saciedades en que se compense por anticipado el mañana tan oscuro de su destino, operada la rotura racional del timón. Devorarse devorando es uno de los temas de este tiempo.

Un mundo autodesilusionado y complaciente produce un hombre de su especie: de poco vale al que no se ha salvado en espíritu querer reconquistarse en órdenes inmediatos; pese al consumo y disfrute de lo inmediato, se entrega de todos modos el que no tiene ante sí más que la pared mental de la catástrofe.

Tales consumo y disfrute urgentes y saciedad de lo inmediato, importan dos de los principales aspectos que han llevado al hombre moderno a su estado de externidad. El ser como lo que es ha dejado su sitio al ser como lo que no es. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el hombre moderno ha tendido a abandonar deliberadamente todo cuanto le significara compromisos inquebrantables de la tradicional razón escrupulosa, y se ha orientado hacia la yugulación o decapitación capital de cuanto hacía su propensión valorativa aplicada a los módulos del comportamiento. El ser como lo que no es se sustancia en la abolición de aquello que lo hacía categóricamente ordenado al sistema armónico del principio, para hacerlo un puro estado de aceleración o sea un palmario abandono del estado eminente de gravitación, moral y socialmente hablando. Pero lo que distingue al ser como calidad está hecho de hesitación ponderativa; sin hesitación ponderativa, el hombre cae en esa suerte de maquinismo centrífugo hacia el que se lanza ya cada vez más, bautizando su nueva actitud con el nombre de los más opuestos ismos y decorando los ojales de su indumentaria con cuanto signo gregario —al hacerlo todo antes de que sea nadie— sustituya su ausencia de deliberación autocrítica o autocuestionante. ¿Se cuestiona el hombre de hoy? Justo es responder que en términos generales sólo se afilia a los cuestionamientos colectivos, pues todo en él tiende a buscar fuera de sí los argumentos que lo pongan en paz con su leso estado de no-intimidad o no-interioridad. Yo he conocido hombres que, llevados por la corriente de esta vida, en el plazo de pocos años han convertido el centro de sí mismos en el centro de todo cuanto de exterior pudiera cambiar un aparato de sensibilidad en un aparato de ajenidad, y sin que siquiera necesitaran revestirse de los ribetes del disimulo, en tal modo el nudo considerado inútil de sí mismos había sido abandonado sin nostalgia.


Vivimos el tembloroso tiempo de intervalo. Las medidas del compás universal se han abierto de modo tal, que el espacio que queda de vida a las generaciones actualmente vivientes es una especie de estupefacción cósmica por una parte y de abismamiento terrestre por la otra. ¿Qué va a acontecer? ¿Qué vamos a hacer o qué se nos va a hacer? ¿En qué forma los tremendos hallazgos van a transformarnos, a enriquecernos o a aniquilarnos, tal vez a re-crearnos, mostrándonos, después de habernos mostrado la verdadera realidad de lo imprecisamente imaginado, el espantoso reino de lo nunca imaginado, esto es, de lo crítica y abismalmente extrahumano e inhumano? Porque cuando llegue lo todavía no imaginado, ¿qué va a hacer el hombre con sus módicos aparatos interiores de acomodación y medición?


Por eso digo que no es extraño —aunque es terrible— que el hombre moderno, en este tembloroso tiempo de intervalo, haya querido salirse de sí, transitar hacia lo exterior antes de que lo exterior lo sorprenda en el interior de la madriguera sin escapatoria. Yo no sé si conocerán ustedes el cuento de Kafka sobre la madriguera. Consiste en esto. El indeterminado sujeto del relato ha terminado su obra: la madriguera. Primera precaución defensiva: desde fuera sólo se percibe un agujero que no es en realidad la verdadera entrada. Bajo una capa de musgo suelto, está a mil pasos el verdadero acceso. La astucia ha sido manejada para despistar. Naturalmente, alguien podría descubrirlo, entrar y destruir la obra. Pero el constructor ha tenido bien en cuenta la posibilidad de escape. “Vivo en paz en lo más profundo de mi casa —piensa— y entretanto se me aproxima sigilosamente el enemigo.” He ahí el problema de los problemas. No solamente amenazan la madriguera los enemigos exteriores, hay más: existen los que habitan las profundidades de la tierra. Las meditaciones del constructor se amplían circularmente en torno a reflexiones de más en más terribles. Revisa la obra, las profundas galerías, la plaza principal; cada cien metros ha ensanchado las galerías hasta convertirlas en minúsculas plazas circulares. Pero, ¿y si llega el gran ataque? Caza, sí, ¿pero cómo proteger de las acechanzas el producto de la tenaz cacería? Medita. Teme y tiembla. A veces despierta con sobresalto pensando que la distribución de su refugio es completamente errónea. Transita desde los argumentos de seguridad que la razón le procura hasta los planes de transformación de la vivienda. En el fondo lo siguen ocupando los más oscuros temores. ¿Qué pasará si llega el gran ataque? “A veces —dice — sueño que he reconstruido la entrada, que la he modificado por completo, de prisa, en una sola noche, con fuerzas gigantescas, sin ser visto por nadie, y que se ha vuelto inexpugnable; el sueño en que eso sucede es el más dulce de todos y al despertar aún brillan en mi barba lágrimas de alegría y liberación.”

El laberinto termina, sin embargo, por ser un suplicio. El constructor busca al fin un buen escondrijo, y noche y día acecha desde fuera la entrada de su casa. ¿Es su situación tan desesperada? Si siquiera el enemigo empezara a actuar, pudiera verle la espalda mientras está ocupado en el ataque; pero no, no llega. Debió diseñar dos bocas para las galerías, es verdad que dos bocas duplican el peligro, pero una habría podido servir de lugar de observación. Pero, ¿por qué teme más al intruso que a la posibilidad de no volver a ver su obra? Regresa a ella. Pero al ir a descansar en las galerías oye el vago temible ruido. Es un siseo, un extraño silbido. ¿De qué enemigos proviene? ¿Cómo descubrirlos en el punto donde están atacando? Acaba por ir a acostarse bajo el musgo, como si abandonara la casa al silbador, conformándose con tener un poco de calma allá arriba. “Todos los deseos de tranquilidad son inútiles, la imaginación no se detiene.” Piensa que el ruido no proviene de muchos animales pequeños, sino de un gran animal. ¿Qué eran los otros minúsculos peligros al lado de éste? “Sería necesario establecer — cavila— si el animal sabe algo de mí y qué.” Y en la cavilación más punzante y más tremenda se agota, ya perdida la paz de su madriguera, el constructor, el animal: el hombre.

Pues bien, trasladada al orden humano, la Madriguera es el centro-problemática-íntimo del ser, el recinto donde opera su seria y profunda alquimia el sentimiento trágico de la existencia, la proveeduría de más íntimas cuestiones espirituales, el sitio donde la gracia interviene en el hombre una vez triunfalmente cumplidas las elaboraciones de la conciente, afligida y meditante soledad, el santuario recóndito del alma a oscuras a y a solas consigo misma, toda desvalida y aspirante de encendimiento.

Al abandonar la Madriguera para transitar desde la plena interioridad a la plena externidad, el hombre moderno cambia su posición en relación con el mundo. Durante los tramos característicos de la historia del espíritu como tal espíritu, el hombre tradicional era él y su mundo; el mundo circundante venía a hacerse partícula, a integrar los relativos y pequeños mundos individuales, el mundo de la interioridad. Ese hombre comportaba la medida de su mundo, entreverada con los mundos relativos de los demás hombres. De las relaciones de esos circunscritos universos nacían los conflictos típicos y atípicos de la conciencia y de la psicología del espíritu personal del ser aislado en sí y en su dintorno por antonomasia.


Pero el hombre moderno desequlibra y rompe esa relación. Todo él deja de hacerse ser y mundo para hacerse no ser en sí, sino mundo íntegro asumido, el mundo de los otros, el mundo de los demás. Al tocar la apoteosis de la externidad cada hombre se hace, no su mundo, sino más bien el verdadero mundo entero, se rompen las fronteras más centralmente íntimas, roza con su periferia la esfera entera del planeta, el todo mundo, el todo el mundo. Todas las formas de desintimización del ser concurren a producir ese efecto al poner al hombre, mediante los monstruosos instrumentos de difusión y propagación a saciedad de la noticia como aglutinante y como expansor en continuo e inescapable frotamiento con las otras unidades individuales. Cada cual sale a ser todos; cada cual quiere ser todos, parecerse a todos, comportarse como todos, al tiempo que no ignora nada, no de sí sino de todos. El mundo está como nunca al alcance de sus manos. Todo él no es en efecto él, sino lo más enteramente posible los demás. Todo él no es en efecto un mundo, sino el mundo, la totalidad de lo alcanzable como noción urgente, hecho y noticia. Un órgano le ha crecido: el aparato que lleva a su casa, por el conducto auditivo y visual, la parte de todos con que para no ser él solo ha de cargarse cada día.

Al externizarse —que no es lo mismo que exteriorizarse—, el hombre moderno no asume una forma más de hacerse naturaleza, no se opera en él una regresión —ya que, ¿cómo ha de cambiar la estructura esencial de que en tanto que ser está constituido?—, sino que adopta una situación nueva al desnaturalizarse para hacerse estado seudo-cínico de periferia. Se pone, literalmente, a desvivirse por vivir más, por ser más todo mundo, todo el mundo. El hombre se vuelve al ant-inocente. Ciertos superiores principios conquistados empiezan a ser enjuagados, no sin escarnio, y después de los cesarismos que se renovaron en nuestra época a favor de esa despersonalización del hombre, a veces tiende a torturar y ejecutar, exhibiendo sus víctimas como los cuerpos que colgaban en la Via Apia después de la rebelión de Espartaco.

El principio interioriza al hombre. De ahí que el principio estorbe y se haga odioso a los sarcásticos y a los vociferadores, a los super-exteriores. Los super-exteriores, super-exteriorizadamente frenéticos, quieren tomar la voz mandante en un mundo donde parecen ser barridos a diario los inocentes.

Pero estemos tranquilos: si alguna vez adviniera al mundo el acontecimiento de su destrucción, sobre su helada cresta caminaría aún el último inocente.

El mundo mismo, no sólo el hombre, ha cambiado de orientación. Antes estaba el ser contenido en el todo; pero de lo dicho aparece que el ente dramático por excelencia resulta ser el mundo ante otro todo, un todo practicable, accesible, un todo que se manifiesta como cosa distinta, como cosa pensada que se va a hacer, que se está haciendo otra cosa que pensada. He ahí lo de veras imponente de este tembloroso tiempo de intervalo. El hombre actual se hace todo mundo, y el mundo se hace todo otros mundos, empieza a volverse hacia lo que ahora ve ya como suyo, como la parte que le faltaba, como la parte que va a favorecerlo o a espantarlo. Y a favorecerlo espantarlo en un grado de que no tenía noticia pese a su supercivilización clásica.


Mas volviendo al hombre actual, nunca se había llegado en él a semejante coeficiente de homogeneización. Al llegar a lo más definido de su intención de externidad, se encamina incesantemente a homogeneizarse, y de modo tal que el novelista, el observador, el definidor, encuentra por primera vez el problema de perderse en la bruma de lo indiferenciado. Ya Iván Ilitch no nace en su muerte, porque hasta la muerte ha devenido una materia genéricamente trivial: ¿Quién no se avergonzaría de pensarse en términos de sí mismo en un mundo de volcados al “qué va a pasar”? Y los cuatro Karamazov, si regresaran a la vida en nuestro tiempo, se encontrarían con que el planeta ha perdido la totalidad del aire respirable para su especie personal. El conflicto interior ha pasado a ser algo comparable a ese momento en que el viajero vuelve a su cuarto para demorarse unos momentos en busca de lo que ha olvidado: un hecho perdido. El conflicto por antonomasia es para el hombre actual el hacer triunfar el abandono de la madriguera contra el enemigo exterior, contra la presión exterior, contra la amenaza exterior: todo ocurre en ese mundo de fuera. Los caracteres tienden a limar urgentemente sus aristas; sólo la expresión colectiva o conjunta parece poder expresarse como carácter. Los modos de leer han cambiado, los modos de escribir han cambiado, la mayor filosofía socrática y presocrática parecen cándidas, son demasiado inocentes para un mundo en que el pensamiento no deja de inventar instante tras instante como lugar común y como aceleración. El modo de sentir y el modo de querer vivir han perdido todo el poder abismático. Y las cenizas de la poesía duermen en la esperanza de su Fénix.

Tiene, en suma, ante sí, quien quiera narrarlo o definirlo, a un ser que se ha colocado frente a su madriguera primitiva y ahora que ha querido protegerse más saliendo de ella a su exterior es cuando más ha perdido y se ha perdido.

Ese ser, no sólo se ha externizado, sino que ha hecho algo más. Lo ha externizado todo. No quiere de las cosas más que sus aspectos más externos, de los otros seres más que sus resonancias más superficiales, menos propias, las menos dramáticas posible. Otra actitud lo obligaría a penetrar en la madriguera, que es la intimidad de los otros, la problemática de los otros, la vida recóndita de los otros. Nada de cosas recónditas para el personaje del presente tiempo. Nada de cepos. Después de su precipitado merodeo, elude en los otros cuanto amenaza atraparlo, acercarlo a un conflicto humano, comprometer su libertad módica, nivelada y suficiente, en alguna inmoderada cesión de sí al mundo grave de las emociones o de las pasiones no colectivas, posiblemente comprometedoras, no comunes.

Lo que pasa es que en gran medida al hombre de hoy —el hombre de la calle, el hombre del café de pie y de paso, el hombre de la oportunidad, el hombre del rumor en bruto— es más de hoy que hombre, radicando ahí su fraude hacia sí mismo.

En el siglo XV corría por Bruselas una herejía llamada “de los hombres de inteligencia”, cuyos caudillos eran el carmelita Hildenissen y Gil el cantor —nombre sugestivo—, y según la cual el hombre interior no se contaminaba con las acciones exteriores. A la inversa de esa herejía, pero con no menor soltura, piensa el suspicaz sujeto de esta hora que el hombre exterior sí se contamina con las incidencias del hombre interior, al que hay que escaparle como al diablo, no sea que nos pierda en la madriguera.



b.



El narrador, el definidor, piensa en este hombre así afectado, preocupadamente. Se pregunta, como se ha preguntado cada vez que el genérico protagonista se le pone crítico: “Pero ¿qué ha sido el hombre, qué ha sido el hombre siempre? ¿Qué es ahora? ¿Qué se ha vuelto? ¿Qué va a ser?” Por lo pronto, una conclusión resalta obvia. Lo mejor que puede en esta emergencia acaecer al hombre es que abandone la idea de que se va a hacer algo de él y se ponga categóricamente a ser lo que va a hacer. En ese camino, lleno de calculables proyectos y copiosas perspectivas, el narrador lo espera con alma expectante y deseo de ver, de nuevo, al hombre nuevo. Hombre nuevo se ha de llamar siempre al que vuelva a ser flamantemente lo que con más gravedad fue: el hombre del Antiguo y del Nuevo Testamento, el hombre de San Pablo, el hombre de Eurípides, el hombre de Tácito, el hombre de la historia como historia de la conciencia, el hombre en sí mismo y no en los accidentes del acto como acto externo, como acción en la mera acepción existencial, o sea en la fórmula del “il n’y a de réalité que dans l’action”.

Valga esta obviedad: el hombre no es sino cuando es sí mismo. O sea cuando es “nada menos que todo un hombre”, que todo el hombre. Por consiguiente, en el pensarse y serse cada vez más en términos de sí mismo es donde fatalmente va a hallar su propia restitución a la integridad, su restitutio ad integrum, su rehallazgo de la morada perdida por miedo de ser cazado en ella.

Pero cazados en lo que somos es lo que deberemos ser, antes que expuestos a morir de ese solo casi no ser hombres, de ser más de hoy que hombres. De todas las muertes posibles, la peor es irse muriendo de ese casi ser y casi hacer en que consiste la vida del precipitado hacia la casi vida que es la externidad vital.

Lo que cabe ahora preguntarse, y preguntarse dramáticamente, es cómo va a producir el hombre de hoy tal conversión hacia su centro cuando ya la locura de las fórmulas de exterioridad hacen cada día más presa de él. Vemos, en efecto, al hombre poseído de la fiebre de externidad acudir, cuando es un intelectual, no ya a los viejos paraísos artificiales, sino a vehículos tan tremendos como verbigracia la mescalina, para transportarse a temibles planetas morales donde encontrar supuestas terríficas estaciones donde el “genio” se suscite por metamorfosis o transportes más cenitalmente monstruosos que mágicamente fabulosos. Vemos unidas a ese nuevo modo intelectual de salirse de sí las variantes de otras fórmulas que van desde las evasiones más diversas hasta las agresiones más extremas del resentimiento disfrazado de superinteligencia destructiva. Vemos el seudo enciclopedismo o seudo información avanzar triunfal y poderosamente sobre las formas legítimas de la cultura. Vemos el auge apoteótico del apetito de la omni-tenencia, por así llamar a esa necesidad de poseer a título confortable, pero sobre todo a título representativo y hasta agresivo, cuanta máquina pueda ser objeto de posesión.

Por lo demás, cunde una especie de necesidad a ultranza de ir en todos los órdenes de la aplicación construtiva, ya sea espiritual ya sea material, no a las soluciones estables, sino a una suerte de adopción de lo provisorio como patente ficticia de permanencia. Así, en arte, se empieza a construir ya mediante los sistemas más inteligentes de organización artificial, y todo con vistas a no ocultar el juego y hasta facilitar el paso de lo que vendrá a echar por tierra lo recién y artificialmente construido. En dos números consecutivos de Le Figaro Littéraire acabo de leer estas dos aseveraciones sorprendentes; ellas traen agua a nuestro molino. En una se habla, a propósito de artes plásticas, de “un academicismo más opresivo que el anterior”, agregándose que “empero, como ha sucedido en el pasado con la dictadura del pompierismo una nueva ola de pintores vivos abatirá a la del abstracto”. Y en la otra, Jacques Lemarchand analiza la última pieza de Sartre, Los secuestrados de Altona, en estos términos, que en otra hora nos habrían parecido inverosímiles: “El tour de force de Los secuestrados de Altona ha logrado perfectamente su objeto. Pasará de moda muy rápidamente, mucho más rápidamente de lo que sospechan los admiradores de Sartre, pero en el tiempo exacto que sin duda ha previsto el autor. ¡Qué no prevé Jean-Paul Sartre! Una vez agotado su éxito inmediato, Los scuestrados de Altona irán a encerrarse en las páginas de un excelente volumen de su Teatro y allí vivirán muy bien. Se les citará con frecuencia. Habrá quienes se refieran a ellos. Sólo que será incomprensible para los espectadores del año 1970 (sic) que hayamos podido estar fascinados por las representaciones de Los secuestrados. No es menester acusar a los espectadores del año 1970, vale más explicarles desde ya por qué fuimos fascinados y no lo estarán ellos sin duda. Los secuestrados de Altona constituyen —explica el crítico— una experiencia de laboratorio llevada a su término por una mano extraordinariamente firme. Como en toda experiencia de laboratorio entra en ella naturalmente la prestidigitación —y nada pasa de moda tan rápido como las experiencias de laboratorio y las diversiones de la prestidigitación. No hay por otra parte en el desarrollo de esta experiencia ningún rastro, por ligero que sea, de sensibilidad: y el teatro no puede atravesar no ya los siglos sino los decenios, si no se refiere a esa misma sensibilidad común de los hombres de todos los tiempos y de todas las razas gracias a la cual, por ejemplo, la aventura de Antígona o la de Tristán e Isolda se ríen de los cohetes a horario y de la relatividad de los tiempos. Tal como nos la cuenta Sartre, la aventura de la familia Gerlach está presa en su hora, fija en el muro…”

Sin embargo, aun los aspectos más actuales de la metafísica e inteligencia en sus formas todavía profundas, todavía asentadas sobre la propia autoridad eminente de su eje intrínseco central, acuden como tipo rector a la idea del hombre clave, del hombre-hombre, del hombre como vector de toda trascendencia ya que el camino hacia Dios pasa por él. Así, reproduce Heidegger en su Introducción, el pasaje precisamente de Antígona, la Antígona de Sófocles, relativo al hombre, donde, según el principio mayor, se le narra o canta definiéndolo. Todavía lo realza Heidegger sobre lo antiguo y sobre lo conocido aun interpretándolo originalmente. Ya el hombre es “lo que hay de más inquietante”. Pero ese que es el más inquietante es también, para Sófocles, a través de las versiones clásicas, lo más maravilloso, pues el Coro de Antígona proclama: “El universo está lleno de prodigios; pero nada hay más prodigioso que el hombre”.

Y así, dice William Faulkner, asumiendo como voluntad de trascendencia en el orden humano el temblor de sus propios héroes para mandar sobre ese temor y decidir por el conducto de la inteligencia responsable la misión de quien tenga uso de poder creador, artísticamente hablando: “Los hombres y mujeres jóvenes que hoy escriben han olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, con cuyos problemas solamente se puede hacer buena literatura, porque sólo de eso vale la pena escribir… Deben volver a aprenderlos”.

Y es que quizás uno de los sentimientos más generales y más profundos que hayan tenido como base constante la grandeza y la fuerza de los escritores, haya sido un elemento de aparente debilidad, pero en todo caso de debilidad esplendorosa según el solemne esplendor de la Piedad, en realidad todopoderoso, y ese sentimiento y ese elemento consisten en la vocación de respeto por el sentimiento de culpa en los hombres y en las congregaciones humanas. De todas las causas trágicas del hombre, la de su propio sentimiento de culpa es tal vez la más terrible, asolante y conmovedora, y el grito de apelación más eterno y más tremendo ante los pórticos de la salvación. Por eso la literatura más conciente de nuestros días tiembla ante el palidecimiento masivo de ese sentimiento de culpa en la generación que se levanta, y establece su puesto de esperanza en el despertar de esa voluntad clamorosa de auto-acusación y de anticomplacencia, sin lo cual el principio de que “todo está permitido” correrá cada vez más sus cortinas negras sobre un mundo terrible. Con frecuencia vemos subvertido el principio platónico para decir que se puede soportar cualquier injusticia con tal de poder ser injusto uno mismo…

Y así como a la corta o a la larga sobrevivirá sobre el mal el último inocente, así será siempre, en las contingencias de este mundo, el representante sincero del más enaltecedor conflicto que cada hombre lleva en sí, y el primer fautor de un orden nuevo, aquel que esté dispuesto a aparecer a toda hora en su propio corazón como el primer culpable.


¿Qué ansiedad hay parecida a la que empuja al narrador, al definidor, a descubrir, en la agitación de las formas de un mundo tan dramáticamente intranquilo, tan dramáticamente urgido de vivir urgentemente, aquellas conciencias no confundibles y aquellos permanentes caracteres que estén de pie cuando todo tienta y se protege estremecido? ¿Aquellos rasgos salvadores, no son los que encenderán todavía la luz en los ojos del último inocente? Y al último inocente se parecerán en espíritu, pues todo lo salvado, pues todo lo salvable, es aquello en lo que la inocencia vence todavía sobre las fuerzas empeñadas en su ciega disolución y en el desdén tremendo por la causa esencial del alma humana, que es su afán puro de inmortalidad. Un mundo sin perspectivas de conciencia sería un mundo helado y aterrante, en que vivir parecería una empresa cínica de derrotados en la barca de su propia visión de hielo y de muerte.

Pero la vista de todos los martirizados de un tiempo grave y crudo está fija en el último inocente. El verdadero mundo camina por vías profundas hacia él. Y en él se salvará el canto de atrición y apelación de cuyo consternado y suplicante temblor saldrá al fin de nuevo a ser ella misma la eterna voz humana. Tal es quizá el secreto de esta hora.


Mas, ¿le cabe al novelista moderno ir a representar al hombre actual tal como lo hemos caracterizado, o descaracterizado? No por cierto. Pues el novelista, antes que todo, es un ser elegido de visiones, desvelado en la noche por el llamado de la visión. Mas, ¿qué es la visión? Aquello que desde las regiones más brumosas de sí mismo lleva al hombre hacia las costas de su más lejano, altivo e intimidante más allá. Y el más allá del hombre actual, cuál puede ser, sino aquel en que, glorioso de su más tremenda herida, se alce para ver más todo él, y mire lo que queda por vivir con los ojos asombrados con que Copperfield miraba a Steerforth, o Iván Ilitch superaba su muerte, con los ojos del inocente otra vez victorioso en una nueva apoteosis de la conciencia, en que ésta se hará quizás nueva y virginal a fin de mostrar a ese hombre su unificación resplandeciente con aquello en que de más elevado creyó.




(*) Reflexiones leídas en el Instituto Italiano de Cultura el 11 de noviembre de 1959. Eduardo Mallea, Las travesías, II, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1962 

lunes, 26 de marzo de 2012

CONVERSACIÓN, por Eduardo Mallea

EDUARDO   MALLEA


CONVERSACIÓN




    Él no contestó, entraron en el bar. Él pidió un whisky con agua; ella pidió un whisky con agua. Él la miró; ella tenía un gorro de terciopelo negro apretándole la pequeña cabeza; sus ojos se abrían, oscuros, en una zona azul; ella se fijó en la corbata de él, roja, con las pintas blancas sucias, con el nudo mal hecho. Por el ventanal se veía el frente de una tintorería; al lado de la puerta de la tintorería jugaba un niño; la acera mostraba una gran boca por la que, inconcebible nacimiento, surgía el grueso tronco de un castaño; la calle era muy ancha. El mozo vino con la botella y dos vasos grandes y hielo: —“Cigarrillos —le dijo él—, Máspero”; el mozo recibió la orden sin mover la cabeza, pasó la servilleta por la superficie manchada de la mesa, donde colocó después los vasos; en el salón casi todas las mesas estaban vacías; detrás de una kentia gigantesca escribía el patrón en las hojas de un bibliorato; en una mesa del extremo rincón hablaban dos hombres, las cabezas descubiertas, uno con bigote recortado y grueso, el otro rasurado, repugnante, calvo y amarillento; no se oía, en el salón, el vuelo de una mosca; el más joven de los dos hombres del extremo rincón hablaba precipitadamente, haciendo pausas bruscas; el patrón levantaba los ojos y lo miraba, escuchaba ese hablar rudo e irregular, luego volvía a hundirse en los números; eran las siete.
    Él le sirvió whisky, cerca de dos centímetros, y luego le sirvió un poco de hielo, y agua; luego se sirvió a sí mismo y probó en seguida un trago corto y enérgico; prendió un cigarrillo y el cigarrillo le quedó colgando de un ángulo de la boca y tuvo que cerrar los ojos contra el humo, mirándola; ella tenía su vista fija en la criatura que jugaba junto a la tintorería; las letras de la tintorería eran plateadas y la T, que había sido una mayúscula pretenciosa, barroca, tenía sus dos extremos quebrados y en lugar del adorno quedaban dos manchas más claras que el fondo homogéneo de la tabla sobre la que muchos años habían acumulado su hollín; él tenía una voz autoritaria, viril, seca.
—Ya no te pones el traje blanco —dijo.
—No —dijo ella.
—Te quedaba mejor que eso —dijo él.
—Seguramente.
—Mucho mejor.
—Te has vuelto descuidada. Realmente te has vuelto descuidada.
    Ella miró el rostro del hombre, las dos arrugas que caían a pico sobre el ángulo de la boca pálida y fuerte; vio la corbata, desprolijamente hecha, las manchas que la cubrían en diagonal, como salpicaduras.
    —Sí —dijo.
    —¿Quieres hacerte ropa?
    —Más adelante —dijo ella.
    —El eterno “más adelante” —dijo él—. Ya ni siquiera vivimos. No vivimos el momento que pasa. Todo es “más adelante”.
    Ella no dijo nada; el sabor del whisky era agradable, fresco y con cierto amargor apenas sensible; el salón servía de refugio a la huida final de la tarde; entró un hombre vestido con traje de brín blanco y una camisa oscura y un pañuelo de puntas castaño saliéndole por el bolsillo del saco — miró a su alrededor y fue a sentarse al lado del mostrador y el patrón levantó los ojos y lo miró y el mozo vino y pasó la servilleta sobre la mesa y escuchó lo que el hombre pedía y luego lo repitió en voz alta; el hombre de la mesa lejana que oía al que hablaba volublemente volvió unos ojos lentos y pesados hacia el cliente que acababa de entrar; un gato soñoliento estaba tendido sobre la trunca balaustrada de roble negro que separaba dos sectores del salón, a partir de la vidriera donde se leía, al revés, la inscripción: “Café de la Legalidad”; ella pensó: ¿por qué se llamará café de la Legalidad? — una vez había visto, en el puerto, una barca que se llamaba Causalidad; ¿qué quería decir Causalidad, por qué había pensado el patrón en la palabra Causalidad, qué podía saber de Causalidad un navegante gris a menos de ser un hombre de ciertas lecturas venido a menos?; tal vez tuviera que ver con ese mismo desastre la palabra Causalidad; o sencillamente habría querido poner Casualidad —es decir, podía ser lo contrario, esa palabra, puesta allí por ignorancia o por un asomo de conocimiento—; junto a la tintorería, las puertas ya cerradas pero los escaparates mostrando el acumulamiento ordenado de carátulas grises, blancas, amarillas, con cabezas de intelectuales fotográficos y avisos escritos en grandes letras negras.
    —Este no es un buen whisky —dijo él.
    —¿No es? —preguntó ella.
    —Tiene un gusto raro.
    Ella no le tomaba ningún gusto raro; verdad que había tomado whisky tan pocas veces; él tampoco tomaba mucho; algunas veces, al volver a casa cansado, cinco dedos, antes de comer; otros alcoholes tomaba, con preferencia, pero nunca solo sino con amigos, al mediodía; pero no se podía deber a eso, a tan poca cosa, aquel color verdoso que le bajaba de la frente, por la cara ósea, magra, hasta el mentón; no era un color enfermizo pero tampoco eso puede indicar salud —ninguno de los remedios habituales había podido transformar el tono mate que tendía algunas veces hacia lo ligeramente cárdeno—. Le preguntó, él:
    —¿Qué me miras?
    —Nada —dijo ella.
    —Al fin vamos a ir o no, mañana, a lo de Leites...
    —Sí —dijo ella—, por supuesto, si quieres. ¿No les hemos dicho que íbamos a ir?
    —No tiene nada que ver —dijo él.
    —Ya sé que no tiene nada que ver; pero en caso de no ir habría que avisar ya.
    —Está bien. Iremos.
    Hubo una pausa.
    — ¿Por qué dices así que iremos?—preguntó ella.
    — ¿Cómo “así”?
    — Sí, con un aire resignado. Como si no te gustara ir.
    —No es de las cosas que más me entusiasman, ir.
    Hubo una pausa.
    —Sí. Siempre dices eso. Y sin embargo, cuando estás allí...
    —Cuando estoy ahí qué —dijo él.
    —Cuando estás allí parece que te gustara y que te gustara de un modo especial...
    —No entiendo —dijo él.
    —Que te gustara de un modo especial. Que la conversación con Ema te fuera una especie de respiración, algo refrescante, porque cambias...
    —No seas tonta.
    —Cambias —dijo ella—. Creo que cambias. O no sé. En cambio, no lo niegues, por verlo a él no darías un paso.
    —Es un hombre insignificante y gris, pero al que debo cosas —dijo él.
    —Sí. En cambio, no sé, me parece que dos palabras de Ema te levantaran, te hicieran bien.
    —No seas tonta —dijo él—. También me aburre.
    —¿Por qué pretender que te aburre? ¿Por qué decir lo contrario de lo que realmente es?
    —No tengo por qué decir lo contrario de lo que realmente es. Eres terca. Me aburre Leites y me aburre Ema y me aburre todo lo que los rodea y las cosas que tocan.
    —Te fastidia todo lo que los rodea. Pero por otra cosa—dijo ella.
   —¿Por qué otra cosa?
    —Porque no puedes soportar la idea de esa cosa grotesca que es Ema unida a un hombre tan inferior, tan trivial.
    —Pero es absurdo lo que dices. ¿Qué se te ha metido en la cabeza? Cada cual crea relaciones en la medida de su propia exigencia. Si Ema vive con Leites no será por una imposición divina, por una ley fatal, sino tranquilamente porque no ve más allá de él.
    —Te es difícil concebir que no vea más allá de él.
    —Por Dios, basta, no seas ridícula.
    Hubo otra pausa. El hombre del traje blanco salió del bar...
    —No soy ridícula —dijo ella.
   Habría querido agregar algo más, decir algo más significativo que echara una luz sobre todas esas frases vagas que cambiaban; pero no dijo nada; volvió a mirar las letras de la palabra Tintorería; el patrón llamó al mozo y le dio una orden en voz baja y el mozo fue y habló con uno de los dos clientes que ocupaban la mesa extrema del salón; ella sorbió la última gota del aguardiente ámbar.
    —En el fondo, Ema es una mujer bastante conforme con su suerte —dijo él.
    Ella no contestó nada.
    —Una mujer fría de corazón —dijo él.
    Ella no contestó nada.
    —¿No crees? —dijo él.
    —Tal vez —dijo ella.
    —Y a ti a veces te da por decir cosas tan absolutamente fantásticas.
    Ella no dijo nada.
    —¿Qué crees que me puede interesar en Ema? ¿Qué es lo que crees?
    —Pero, ¿para qué volver sobre lo mismo? —dijo ella—. Es una cosa que he dicho al pasar. Sencillamente al pasar.
    Los dos permanecieron callados; él la miraba, ella miraba hacia fuera, la calle que iba llenándose, muy lentamente, de oscuridad, la calle donde la noche entraba en turno; el pavimento que, de blanco, estaba ya gris, que iba a estar pronto negro, con cierto reflejo azul mar brillando sobre su superficie; pasaban automóviles, raudos, alguno que otro ómnibus, cargado; de pronto se oía una campanilla extraña — ¿de dónde era esa campanilla?; la voz de un chico se oyó, lejana, voceando los diarios de la tarde, la quinta edición, que aparecía; el hombre pidió otro whisky para él; ella no tomaba nunca más de una pequeña porción; el mozo volvió la espalda a la mesa y gritó el pedido con la misma voz estentórea y enfática con que había hecho los otros pedidos y con que se dan el gusto de ser autoritarios estos subordinados de un patrón tiránico; el hombre golpeó la vidriera y el chico que pasaba corriendo con la carga de diarios oliendo a tinta entró en el salón y el hombre compró un diario y lo desplegó y se puso a leer los títulos; ella se fijó en dos o tres fotografías que había en la página postrera, una joven de la aristocracia que se casaba y un fabricante de automóviles británicos que acababa de llegar a la Argentina en gira comercial; el gato se había levantado sobre la balaustrada y jugaba con la pata en un tiesto de flores, moviendo los tallos de las flores viejas y escuálidas; ella preguntó al hombre si había alguna novedad importante y el hombre vaciló antes de contestar y después dijo:
      —La eterna cosa. No se entienden los rusos con los alemanes. No se entienden los alemanes con los franceses. No se entienden los franceses con los ingleses. Nadie se entiende. Tampoco se entiende nada. Todo parece que de un momento a otro se va a ir al diablo. O que las cosas van a durar así: todo el mundo sin entenderse, y el planeta andando.
    El hombre movió el periódico hacia uno de los flancos, llenó la copa con un poco de whisky y después le echó un terrón de hielo y después agua.
     —Es mejor no revolverlo. Los que saben tomarlo dicen que es mejor no revolverlo.
     —¿Habrá guerra, crees? —le preguntó ella.
    —¿Quién puede decir sí, quién puede decir no? Ni ellos mismos; yo creo. Ni ellos mismos.
    —Duraría dos semanas, la guerra, con todos esos inventos...
    —La otra también, la otra también dijeron que iba a durar dos semanas.
    —Era distinto...
    —Era lo mismo. Siempre es lo mismo. ¿Detendrían al hombre unos gramos más de sangre, unos millares más de sacrificados? Es como la plata del avaro. Nada sacia el amor de la plata por la plata. Ninguna cantidad de odio saciará el odio del hombre por el hombre.
    —Nadie tiene ganas de ser masacrado —dijo ella—. Eso es más fuerte que todos los odios.
   —¿Qué? —dijo él—. Una ceguera general todo lo nubla. En la guerra la atroz plenitud de matar es más grande que el pavor de morir.
    Ella calló; pensó en aquello, iba a contestar pero no dijo nada; pensó que no valía la pena; una joven de cabeza canosa, envuelta en un guardapolvo gris, había salido a la acera de enfrente y con ayuda de un hierro largo bajaba las cortinas metálicas de la tintorería, que cayeron con seco estrépito; la luz eléctrica era muy débil en la calle y el tránsito se había hecho ahora ralo, pero seguía pasando gente con intermitencias.
    —Me das rabia cada vez que tocas el asunto de Ema —dijo él.
    Ella no dijo nada. Él tenía ganas de seguir hablando.
    —Las mujeres deberían callarse a veces —dijo.
    Ella no dijo nada; el hombre rasurado de piel amarillenta se despidió de su amigo y caminó por entre las mesas y salió del bar; el propietario levantó los ojos hacia él y luego los volvió a bajar.
    —¿Quieres ir a alguna parte a comer? —preguntó él con agriedad.
    —No sé —dijo ella—, como quieras.
    Cuando hubo pasado un momento, ella dijo:
    —Si uno pudiera dar a su vida un fin.
    Seguía, él, callado.
    Estuvieron allí un rato más y luego salieron; echaron a andar por esas calles donde rodaban la soledad, la pobreza y el templado aire nocturno; parecía haberse establecido entre los dos una atmósfera, una temperatura que no tenía nada que ver con el clima de la calle; caminaron unas pocas cuadras, hasta el barrio céntrico donde ardían los arcos galvánicos, y entraron en el restaurante.
    ¡Qué risas, estrépito, hablar de gentes! Sostenía la orquesta de diez hombres su extraño ritmo; comieron en silencio; de vez en cuando cruzaba entre los dos una pregunta, una réplica; no pidieron nada después del pavo frío; más que la fruta, el café; la orquesta sólo se imponía pequeñas pausas.
    Cuando salieron, cuando los recibió nuevamente el aire nocturno, la ciudad, caminaron un poco a la deriva entre las luces de los cinematógrafos. Él estaba distraído, exacerbado, y ella miraba los carteles rosa y amarillo — habría deseado decir muchas cosas, pero no valía la pena, callaba.
    —Volvamos a casa —dijo él—. No hay ninguna parte adonde ir.
    —Volvamos —dijo ella—. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?


Eduardo Mallea (1903-1982); de La ciudad junto al río inmóvil, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 3º edición, 1954

viernes, 2 de marzo de 2012

EL MUNDO ESPIRITUAL DE EDUARDO MALLEA


EL MUNDO ESPIRITUAL DE EDUARDO MALLEA


Emilio Sosa López



         Buscar un centro espiritual desde el cual el hombre natural (argentino o sudamericano) pudiera reconocerse como mundo, como expresión de vida auténtica, revalorada por una conciencia moral del destino humano, ha constituido para Eduardo Mallea el motivo esencial de todas sus novelas. Enderezado a conquistar el plano de la trascendencia ha sido, sin embargo, la presencia acuciosa y enigmática de la tierra desnuda, de la pampa abierta como una interrogación al espíritu, aquello que ha promovido en él una voluntad de respuesta. Y justamente por haberle conferido al paisaje las cualidades de un alma, por haber descubierto la radicalidad profunda que liga al hombre a su contorno material, su obra participa hondamente de la estructura de lo mítico. Expresa el sobrecogimiento de la criatura frente a las cosas, y esta comunidad de sustancias, esta relación agónica entre lo externo y lo interno, confiere a su visión el carácter universal de la vida. Pero donde experimenta la trágica condición de la existencia humana es ante esa tierra absoluta, ante esa inmensa vastedad limpia y austera de la llanura argentina, cuyo sesgo de infinitud representa para el hombre “el abismo y el infinito (o sea el infinito espacio considerado como abismo) de su infinito terror”. Sin embargo, con ser la obra de Mallea una experiencia del abismo, su dramaticidad no proviene sino de una conciencia del desarraigo.

         A lo largo de su búsqueda, Mallea ha sentido dramatizarse en él ese momento de turbación angustiosa que padece el Hijo Pródigo ante la gratuidad de su vida sin arraigo. Esta parábola parece haber sido entrañable a su naturaleza moral, pues sin duda de allí procede la necesidad —convertida ya en  método— de retornar a la patria perdida. Y es que en su espíritu se ha dado una confluencia vivificante de ese sentido radical de la tierra y las más elevadas concepciones culturales del hombre. El resultado ha sido una agudización de su angustia, ya que él también ha comprobado, con el mismo grado de comprensión de Barrés, que el punto a que conducen esas culturas intensivas y fervientes del yo es a exasperar el propio ardor, al alimentarlo con nuevos deseos. Es así como se ha intensificado en Mallea, al regir su pensamiento con los imperativos categóricos de culturas universales, esa amarga conciencia de pertenecer a un país todavía no realizado espiritualmente, sin expresión cultural propia, que está, por así decirlo, aguardando el retorno de sus hijos para levantarse hasta el nivel de la creación. Ha sido, pues, el predominio del sentimiento de la tierra lo que lo ha llevado a descubrir la inautenticidad que resulta de adoptar un orden universalista, sin llegar hasta él por el camino de la radicalidad. De aquí proviene esa mentalidad mística, expresada en su Historia de una pasión argentina, de despojarse de todo, para exaltar únicamente una noción severa de la vida, como expresión del drama espiritual de su país.

         Al reflexionar sobre sus compatriotas, sobre esa calidad moral que los identificada secretamente, a pesar de la diversidad de sus modos de vida, determinados ya sea por la ciudad capital, por las ciudades interiores o el campo, Mallea ha visto en un fondo de “imperturbabilidad activa” la constante psicológica del hombre natural argentino. Esta actitud, que no implica una “postura” sino una decisión vital de crecer sobre fundamentos sólidos de convivencia, en contra de la vana apariencia de la transitoriedad, descubre la profunda raíz anímica que lo arraiga al suelo y, al mismo tiempo, la fuerza entrañable que lo proyecta hacia el futuro advenimiento del espíritu. El “argentino invisible” está, de este modo, no sólo confundido con la tierra, sino transferido al infinito por esta relación con su paisaje ilimitado. Para restituir esta personalidad elemental, Mallea ha debido descender a las raíces de su ser, a ese fondo emotivo de sus primeras experiencias, donde ninguna categoría de la mente podría distraerlo entonces del estado inaugural de su vida, inmersa totalmente en la contemplación del paisaje.

         Él mismo ha descrito de qué manera la extensión de la pampa, las onduladas lomas, el horizonte lejano, convergían en su infancia con la intensidad de una revelación impersonal. “Los destinos humanos casi no turbaban, con sus conversaciones y sobresaltos, el diálogo terrestre con las nubes, la suerte del trigo invisible que crece del grano muerto y recomienza”. Esta tierra que sus ojos han absorbido desde la primera edad se abre a una infinitud indómita en la que toda acción parece vana. En su salvaje resistencia, en su prodigalidad sin soborno, más bien fuerza a la transustanciación material del espíritu que a la fácil conquista de su suelo. La fijación de esta voluntad materializadora ha determinado en Mallea esa tendencia a lo telúrico de su instinto creador y ha convertido en fin la propiedad de su estilo descriptivo en una forma de introspección. De ahí el tono confesional e inductivo que tienen sus novelas y también, por contraste, el sentido de concreción real en que se absorbe su imaginación.

         La vocación novelística de Mallea proviene del centro de su problematización de la radicalidad argentina y si ella viene a configurar posteriormente un valor de ficción, lo es en cuanto responde a la necesidad de considerar, en un orden estrictamente humano, los efectos que esta radicalidad produce en ciertos temperamentos, sobre todo en aquellos que exigidos por el poder de la inteligencia quieren dirimir, en el plano del intelecto, el impulso irreductible y secreto del país. Surgen como personajes de ficción en la medida en que sus propósitos resultan irreales y caprichosos, frente a esa terrible verdad que representa la tierra de la que proceden. Así el drama novelístico de Mallea comienza cuando hace confluir la aparente libertad del hombre, la específica diversidad de su conducta, en un destino que ya no es propiamente humano, sino material, terrestre. Mediante esta convergencia de fuerzas distintas consigue crear en sus novelas y relatos ese clima de angustia y de melancolía, por una vida que parece no haber sido concedida del todo y que provoca, en el ánimo de sus personajes, ese estado de espera intemporal, de expectación silenciosa, por lo que fatalmente se realiza a través de ellos. Todos asisten a una privación, a un infortunio que no les pertenece, pero que, por haber sido dado una vez, no les queda otra posibilidad que compartirlo dolorosamente. En el fondo, el drama de esos desarraigados sólo expresa el imperio de la tierra, de esa tierra que necesita del ardor, la pasión y la sangre de sus hijos, para acoger el mensaje del espíritu. Ellos no son más que el abono, la siembra en espera de una fructífera recolección.

         Se advierte en esta trabazón de voluntades cómo la pasión de la muerte — que en sus protagonistas no es más que un desolado consentimiento al mandato del destino— determina la violencia en que habitualmente se debaten sus personajes. Enfrentados a un designio irrevelado, ellos parecen asistir, lo mismo que las criaturas de Faulkner, a un Juicio Final, que resulta, en este caso, aún más abrumador, porque no se trata aquí, como ha dicho Mallea, del Juicio que vendrá con la consumación de los siglos, sino del que procesa constantemente con el peso invariable de cada día. El diario sufrimiento, la diaria inquisición, deriva de ese paisaje abierto y silencioso que los impersonaliza y que se ofrece, en última instancia, como forma de una contención humana, como signo de una soledad prevaleciente.

         El conflicto espiritual que plantea Mallea comienza cuando descubre, en el fondo de la elementalidad del hombre, ese principio integrador de la soledad. Porque la soledad es la condición de la radicalidad. Mallea, que en su Nocturno europeo había salido en busca del mundo y de la vida, allí donde ellos habían alcanzado culturalmente su más alta expresión de libertad, encuentra de retorno al país, en su condición solitaria de desterrado, la patria interior. “Era como saber que al fin, cuando me separara más de todo, iba a ir al fin a juntarme más con todo. Por la patria interior se va a las otras, a las de afuera, a la patria nacional y a la patria universal, puesto que la verdadera patria, la profunda, no se hace sola, sino con el interior de cada hombre. Todo mi camino de antes, buscas, necesidad de calor humano, me parecía ahora abjuración de una soledad necesaria”.

         Esta visión interior le hace considerar también como frivolidad la riqueza de esas vastas extensiones, bíblicamente regaladas en ganados y cereales, que son para todo extranjero conquistador, posibilidad de engrandecimiento personal, de poder, de salvación en el tiempo. A sus ojos aparece entonces, detrás de ese externo esplendor, “el hombre desnudo enfrentado a la tierra desnuda, el habitante natural frente a frente, a solas con su destino interior… La persona enfrentada con los otros hombres, la tierra, la religión”. No es el hombre de una clase social determinada, ni el sujeto de una suerte social colectiva, ni siquiera el ente de la fortuna, sino la persona que posee, con la fuerza elemental, la capacidad de creación, de fundación. En la loca carrera del usufructo de la inmigración, ese hombre solitario había quedado atrás. Pero a la declinación de las castas poseyentes, que en medio del desarraigo aspiraron  a establecer un mundo de sueños ideales, de fastuosidad y de engaño, este hombre habría de aparecer, con su verdad terrible, con su sino trágico y peligroso. “Venía detrás —dice Mallea— sombra grave que sigue al que dilapida”.

         Tal es el drama moral que se dibuja sobre el fondo de esa Argentina “visible” y banal, condenada por Mallea, un drama de conciencia, una necesidad que se manifiesta severamente, por oposición al exhibicionismo de la riqueza, como un deseo de reedificar el destino auténtico del país sobre bases menos transitorias que la ostentación y la mendacidad.

         El inmigrante que expropió el país, trayendo a su suelo rebelde un sentido de la vida sustentado en el afán de poseer aquí bienes que nunca se tuvieron en el lugar de origen, trajo también la herencia de una maldición. Una especie de sentimiento puritano de la vida se difundió, por ello, en la época del crecimiento material del país, expresándose en el amor al dinero, al bienestar, al lujo, como una refutación a ese mal radical de la existencia, por el cual todos, salvo los elegidos, habrán de merecer la destrucción y el olvido. En el fondo era la conciencia culposa de la caída del hombre la que los apegaba aún más a esos hijos de una civilización sin espiritualidad, agobiados por una lucha de clases, a los bienes materiales, con el objeto de eludir el desideratum de la muerte, de vivir burguesamente como si la muerte no existiera para ellos. Pero estas castas, que a sí mismas se consideraron como elegidas y que se instauraron como por derecho divino a perpetuidad, una vez desaparecido el impulso generador que les legó el patrimonio, entraron en el ciclo de la decadencia por efecto de la comodidad, de la falta de lucha con la vida. Las segundas generaciones vivieron en ese mundo ideal que crea la riqueza, sin contacto verdadero con el tiempo y los hombres. Se enclaustraron y fracasaron. Al final, los hijos de los hijos, condenados por el diario soborno de una existencia irreal, acabaron cayendo bajo el juicio inexorable de la vida que ellos eludieron.

         Ya no son más que sombras sobrevivientes de una grandeza que no conquistaron, que usufructuaron ociosamente, sin conciencia del porvenir. La maldición se ha materializado en ellos en la forma de un desarraigo. No les queda otra cosa que el convencionalismo, la alusión a una cultura sin vínculos vitales en la que ilusamente fueron forjados, que como materia de un sueño les sirve para cubrir el vacío angustioso de sus almas sin vida. Son esos testimonieros que se demoran en una vida gratuita, esos héroes locuaces y aprensivos de La bahía de silencio, que, como dice Canal-Feijoo, “marchan a lo largo de las páginas, primero ebrios de erudición o de intuiciones, luego cansados, acaban asomándose al éxit con el típico rictus de la urgencia del vómito. Hablan bella y brillantemente; viven estúpidamente; terminan lamentablemente; tienen recuerdos; tienen momentos; lo que no tienen es futuro”.

         La prueba espiritual que impone Mallea al lector es hacerlo transitar por un mundo inconsistente, sin trayectoria y sin fe. En ese orden del desarrollo todo parece prescrito. Sin embargo, Martín Tregua, el personaje narrador de esta novela, percibe ese clamor secreto que se expresa a través de su voz: “A veces lo que habla en nosotros es materia sin dueño, vieja e impersonal como el lamento de las ínfimas castas o el tono de la ambición de las altas”.

         Al convertir el tema del reencuentro con el país en un problema de conciencia, Mallea desvía hacia un fondo trágico sus intuiciones sociológicas y muestra, ya confundido con la angustia, el sentimiento de la radicalidad obrando de distinta manera, como un anhelo de liberación de ese destino impersonal que los domina sin dejarlos vivir, que les impide, a sus personajes, llegar a ser ellos mismos. El signo de esterilidad que se percibe ahora en los actos humanos deriva del predominio de una fuerza geológica. La presencia de la llanura del sur argentino, que absorbe en su infinitud todo carácter y toda necesidad de comunicación y amor, comienza a prevalecer en sus obras novelísticas, transformando todo acto humano en gesto de hostilidad y ahogo de vida. El poder trágico que a partir de ese momento asume la novela de Mallea se debe justamente al traslado del plano de la trascendencia al del paisaje, haciendo de una dimensión espiritual una concreción dinámica de fuerzas físicas, que gobiernan, dirimen y deforman la sustancia y el sentido de cualquier destino personal.

         Todo verdor perecerá comienza con la descripción de una tierra absoluta, blanca, calcinada por el sol, abrasada por vientos feroces. Es como la presencia de un alma universal devastada, una tierra en la que, al parecer, sólo restan las cenizas de un paraíso destruido a la caída del hombre. El drama de muerte y de locura que allí se desarrollará tiene el paisaje como una alusión constante al eterno dictamen de la maldición divina. Sus personajes, Nicanor y Ágata Cruz, a pesar de sus ansias de entrega y comprensión, no pueden realizarse a sí mismos. En su egoísmo, en la impotencia para vivir, en sus cruciales aislamientos, participan de la inmutabilidad de la piedra, de esa misma indiferencia del polvo seco de que fueron hechos y al cual retornarán.

         El alma parece haber sido absorbida por esta tierra estéril. Tan completa desolación viene a reiterar el fondo mítico de la caída del hombre, ya que esa tierra había sido antes fértil y propicia para el cultivo, pródiga como la ilusión de los primeros pobladores que vinieron a usufructuarla. Pero en ella  ha obrado un mandato terrible. En ella se ha manifestado la maldición que pesa sobre el destino terrible de la criatura humana. Así, en esa tierra verdeante, vestida en primavera de un oro que resplandecía desde las copas, se arraigó, quizás para acrecer los motivos de una ancestral tribulación, el principio de la desdicha: “Vientos foráneos trajeron luego de la costa lejana arenas intrusas; un médano sentó sus reales en la parte más abierta y baja de la región, y otros se le acercaron luego en estéril asamblea. Grandes extensiones fueron viciadas a ambos pies de la sierra. Los pastos recibieron la invasión; las lluvias decrecieron; el campo, enfermo, devino torvo. Y la población se fue deshaciendo en lentas migraciones”.

         El simbolismo religioso y mítico de esta descripción, en que los elementos se organizan dramáticamente para materializar el poder de una voluntad que condena, alude, como se ve, al origen de la caída y el destierro del hombre. Mallea, al reiterar este tema, consigue transponer todo destino personal a un orden de eternidad. Ha dicho, en cierta oportunidad, que “nada de lo humano vale la pena ser pensado sin un asomo de su acepción de eternidad”. Esta recurrencia a los modos estructurales del mito revela a su vez el fundamento religioso sobre el cual Mallea basa sus reflexiones trascendentales: ese sentimiento primario y radical de espanto que padece el hombre frente al mundo que lo rodea, frente a esa tierra que aun a pesar de consumirle el alma, parece no pertenecer a nadie. Aquí el hombre vive con la conciencia de su caída, y la inmensidad del cielo ya no es para él el habitáculo del espíritu; es prueba de una inconmensurable separación. Así expresa: “Ahora estaba tan alejado, tan remoto, tan sin nubes, que sólo era sensible, al que levantara los ojos, la imagen de su mortal abdicación”.

         Parece ser que Mallea, desde el comienzo de su creación novelística, no ha hecho otra cosa que llenar de una espantable concreción el espectáculo pascaliano del infinito abandono del hombre. Su libro La ciudad junto al río inmóvil lleva por epígrafe la frase del angustiado filósofo: “Le silence éternel de ces espaces infinis m’effraye”. Pero la virtud de esa visión de Mallea consiste en haber dado realidad sensible al infinito. Sus personajes aparecen por esto como fragmentos que encarnan designios irrevelados; ellos confirman la trágica condición de los seres humanos, quienes contradictoriamente viven en el tiempo un ansia de eternidad, que la vida únicamente puede colmar con la pasión de la muerte. Más que nada, los personajes de Mallea son, como expresa la frase de Melville, “frágiles vasos arcillosos que contienen esencias eternas”.

         Porque, en verdad, se puede afirmar que las criaturas malleanas no viven, sino que se destruyen como objetos, como cosas. Les falta la perspectiva del tiempo. Viven situadas en un pasado prescrito y aun cuando prolonguen sus ilusiones hacia el futuro, permanecen inmutables dentro de sí, aguardando que un tiempo cíclico les restituya el sentido de sus verdaderas personalidades. No viven los instantes presentes. Huyen, deseosos de perfección, a un mundo de sueños o hacia épocas de esplendor, o esperan que sobrevengan otras de iguales proporciones, como acontece con Ramón Ricarte y su hijo Roberto, de Las águilas y La torre. El primero se refugia en el recuerdo de una grandeza y fastuosidad perdidas; el otro aspira a restituir la fe que hizo posible el éxito de su abuelo. Y este escape hacia la abulia o la ilusión significa una derogación de sus propios destinos, en el momento en que deben asumirlos. Y es que el presente para ellos no es más que muerte, frustración y condena.

         En Los enemigos del alma ha tratado Mallea de penetrar en la mixtura de estos sentimientos devastadores, que en sus últimas raíces no revelan sino la presencia de un mal entremezclado con la existencia. También los Guillén pertenecen a una casta decadente. No aceptan la realidad, sino la banalidad de una vida que ha de morir con ellos. Mario, en su estéril juego de convenciones sociales, encarna el giro deleznable del Mundo; Cora, descendiendo al frenesí de los placeres insaciables, inviste el proceso de degradación de la Carne; Débora, centrada en su impotencia, revive la postración del Demonio. La aparente alegoría de esta novela quizá distraiga la atención del lector respecto al problema central del desarraigo, sobre el cual Mallea vuelve constantemente. A pesar de su simbolismo, esta novela describe una situación real. En sus Notas de un novelista, Mallea ha dicho acerca de estos personajes: “La vida —y no yo— ha querido que encarnen las direcciones divergentes y convergentes de esos tres enemigos acusados por la doctrina tradicional. Pero no tienen que ver con la doctrina más que en la medida de su coincidencia: una coincidencia puramente humana. No son símbolos. O si son, lo son —en la medida en que cada cosa es símbolo de otra— de un círculo de orgullosos, de una de esas familias tremendas de deformación por la soledad…”.

         No se trata, pues, de una novela de evasión, sino que describe los efectos monstruosos de una evasión. Por eso, salvo en aquellos aspectos en que el simbolismo de la acción parece transmutar la naturaleza de sus personajes en un hieratismo apocalíptico, las figuras de los tres hermanos Guillén, no obstante vivir ficticiamente, son acuciosamente reales y punzantes. Resulta, por tanto, inadecuado pensar que Mallea se haya propuesto en esta novela conformar un dramatismo de puras formas simbólicas. Lo simbólico surge como resultado de una reducción a valores trascendentales de aquellos aspectos más relevantes de la frustración de ciertas castas que consideraban al país como una regalía y no como una empresa de todos. Presentar, en consecuencia, estos hechos de la vida argentina desde el plano de una trágica dimensión, como es el Mal, significa darles expresión en el mundo del espíritu. Significa también darles sentido dentro de la historia de la humanidad.

         El que Mallea vea la vida consumirse en una demoníaca frustración no quiere decir que tal visión lo comprometa en su condición espiritual. No es un escéptico, puesto que lo único que verdaderamente le interesa mostrar son las consecuencias del desarraigo, cuya acción, contraria a la vida, sólo revela indiferencia y desprecio para los demás hombres. Aunque Mallea nunca lo haya formulado concretamente, pareciera que su ideal humanístico se afirmara sobre el principio de que todo hombre es nación. Así se explicaría el hecho de que defectos humanos o ciertas actitudes frente a la vida, lleguen a adquirir proyecciones gigantescas. Tal es el caso de nuestro país. Entre nosotros se ha colectivizado, al entrar en la fase constructiva de nuestro progreso, un fondo de orgullo, un sentimiento refractario de la vida como realización espiritual, un arribismo desprovisto de humildad y fraternidad, provenientes de sectores sociales sin arraigo. Se ha cosificado, igual que en las vetustas y suntuosas mansiones del pasado, en las ciudades nacientes, generalizando, de este modo, el sentido de lucro, de goce y posesión. Mallea reconoce en la vida de la ciudad este signo de una crueldad puritana, como la afirmación de un castigo inmemorial. La realidad es, para él, una forma enemiga, una presencia omnisciente que juzga y castiga diariamente: “Aquella ciudad no ofrecía destinos blandos, aquella ciudad marcaba”, dice en el comienzo de La ciudad junto al río inmóvil.

         No se puede negar que hay en Mallea un espíritu incriminador, un celo casi religioso por discriminar el sentido auténtico del destino argentino. Pero como todo gran artista que trabaja con la irreductible materia de la existencia, para extraer de allí un sentido moral —única especie que convierte cualquier acto humano en historia—, Mallea no ha podido evitar que su actividad esclarecedora se convierta en padecimiento personal. De este modo, sus problemas no sólo se acomodan a su imaginación, sino que arraigan en una experiencia de tipo trascendente. “Toda mística —ha dicho Mallea— se origina en la soledad de un corazón, y esta soledad, lejos de aislarnos fundamentalmente, nos comunica más profundamente con todos”. Esta extraordinaria capacidad de compenetración humana, este poder para recuperar lo espiritual en lo concreto, se debe a que él se ha situado, desde un comienzo, en un plano de integración humana. Su visión apasionada de la realidad argentina aparece relacionándose con una idea trascendental del destino del hombre. Si como novelista desciende implacablemente a la realidad de lo visible, para incriminar allí todos los vicios de la banalidad, lo hace para tomar un punto de apoyo y ascender luego, ya como agonista, al ámbito invisible de las grandes realizaciones morales. Lo que Mallea afirma y quiere restituir para la fisonomía moral del argentino es ese fondo imperturbable y contemplativo del hombre natural, de ese ser solitario que está entrañablemente ligado a la tierra, ese ser esencial que se muestra en una constante actividad interior de amor y fraternidad. “Cuando me acerqué a este hombre —expresa en su Historia de una pasión argentina—, y lo vi siempre solitario ante una tierra que lo circundaba sin proporción, dándole sufrimiento no sólo material sino de espíritu, por aquello de Pascal, creí con alegría haber hallado el cogollo vivo de mi tierra. Fue una experiencia que no puede compararse sino con el goce extraño de hallar, de pronto, el objeto de un vago y hasta entonces no localizado amor”.

         Toda la obra novelística de Mallea es, en el fondo, un reflejo de esta experiencia fundamental. Pero no se agota con todo en una temática reiterativa. Su especial interés por los valores artísticos del género narrativo y las preocupaciones de índole filosófica o psicológica de lo humano que tanto conmueven su espíritu, han acrecentado últimamente su labor dentro de un orden de planteos universales acerca del inagotable poder de la humana condición. Lo atestiguan obras como Simbad, o libros de relatos como Posesión, La razón humana, o sus recientes novelas* de experimentación imaginativa o de experiencia como El resentimiento o La barca de hielo. En todas ellas existe una dirección elevada del pensamiento creador, el cual sin declinar su inicial preocupación nacional evidencia una mayor libertad proyectiva y una integración de sus motivos particulares dentro de una concepción más amplia de la novela, a los fines de mantener su tradicional prestigio de gran arte. A esta última comprobación corresponde, entre tanto, señalar cuál ha sido la obra que ha significado para Mallea su propia síntesis. Sin duda alguna, esta obra ha sido Chaves.

         En verdad, ninguna figura de Mallea conforma más viva y dramáticamente la esencialidad de ese hombre natural buscado y encontrado por él que Chaves. Este personaje, aparentemente anodino, transcurre a lo largo de una opaca historia de dolor y privación que tiene, sin embargo, la simplicidad y la plenitud de una narración evangélica. En función de este protagonista, Mallea ha podido descubrir que la causa última del desarraigo proviene de ese estado insuperable de incomunicación en que vive cada ser, que sólo es posible superar afirmando un sentido soteriológico de la vida. Chaves encarna el mito de la soledad del hombre. Es la criatura imperturbable y silenciosa, con un fondo moral en que la inocencia rezuma una sabiduría elemental y una resignación que es casi un don de presciencia. Es también el hombre con arraigo espiritual al suelo, que no reconoce diferencia entre la vida y el paisaje. Centrado en esta inextricable plenitud, casi ni necesita de la palabra para explicarse el sentido profundo de la existencia. La usa como paliativo, como un sesgo ilusorio que  soslaya la realidad material del vivir, el dolor y la muerte. La palabra no expresa para él sino la turbación y la desesperación del hombre frente a la fatalidad de todo lo que se destruye. El hombre habla cuando el miedo y la inseguridad de vivir lo posee. Y esto lo ha experimentado Chaves. Primero la confesión de su amor, la necesidad de sostener su trabajo; luego la pérdida de su hija y la muerte de su mujer han sido motivos de vanas alocuciones, de frenéticas explicaciones, en fin, de una iracunda y estéril imploración. Por último ha percibido que la verdadera sustancia de la vida es el silencio, y ha resuelto callar. Su postrer perorata la ha lanzado ante el cuerpo exánime de su mujer. En aquella noche de vela, acompasada por su soliloquio delirante, Chaves ha terminado por aceptar la vida tal cual es. La muerte le ha revelado la soledad absoluta de su ser. Él no será, en adelante, más que un fragmento de silenciosa espiritualidad, que nada ni nadie podrá destruir. Porque Chaves es sobre todo un hombre transustanciado por el poder de la muerte. Su destino ahora, por libre determinación, será un callar absoluto como la voz de Dios.

         Este auténtico ser, en quien la radicalidad es ya una actitud moral frente al mundo, se yergue como una acusación a la inautenticidad, al soborno de la palabra mentida, que no es sino la degradación del Verbo inaudible y creador de la vida. Esta obra es sin duda la obra de una catarsis puesto que desentrañar tal vocación de silencio es compenetrarse con la íntima oquedad del espíritu que denuncia la realidad en su verdad. Así, la decisión de callar no es en Chaves la consumación de una maldición condenatoria del hombre, ni siquiera la aceptación de un fracaso irremediable, sino la aceptación de un destino superior. Es la forma de una soledad espiritual que procura, después de un implacable aniquilamiento de todo egoísmo, asumir ella entera la significación de un mensaje.




*: N.d.E.: este ensayo fue publicado en 1968

Emilio Sosa López, “La novela y el hombre”, Editorial Gredos, Madrid, España, 1968