El último inocente*
Eduardo Mallea
a.
Lo que yo quiero en este instante determinar de antemano, con todo el ímpetu posible, es que no está en mi ánimo acudir a una digresión filosófica en especie, sino ocuparme de aclarar ante ustedes, pero sobre todo ante mí mismo, ya que tienen la cortesía de escucharme, algunas conjeturas que importan a la sustancia del novelista, siendo esta sustancia el hombre.
Quede bien entendido que la indagación en que me interno es, por lo menos prima facie, un ejercicio conjetural, destinado a saber qué es el hombre, qué se ha hecho el hombre para quien intente novelarlo conforme al esguince nuevo de los tiempos. No es mi oficio la metafísica. Sólo que pensar, por el solo pensar, en estas tremendas horas fácticas se va volviendo cosa tan morosa, inactual y desusada que casi es lo único que va quedando al hombre donde el hombre mismo pueda por unas horas refugiarse de ser lo que se le obliga a ser, o sea una sombra de lo que fue y un postulante espectro de lo que va a ser. Pues lo cierto es que la hora no puede estar más llena de transformaciones que nos suceden con sólo haber apretado los botones de sorpresa a que una aplicación científica —entre tal vez las mil y una posibles— nos ha llevado.
El novelista consciente de su función se pregunta hoy qué tiene por delante, en qué está la sustancia “ser”. El problema se le plantea en descifrar exactamente qué ha pasado con el destinatario de su preocupación y objeto de su pensamiento. En qué está el asunto humano, en qué está el actor de ese asunto.
Lo cierto es que, en el terreno de la actitud, el hombre vivía hasta hace poco instalado en el mundo en medio del haz de los proyectores seculares. Poco difería de modelos que aunque a él mismo le parecieran primitivos y periclitados, lo comprendían aun en sus rasgos generales, habiéndole a lo más instalado en la mente un aparato de despreciar mejor las actitudes y gestos que le cupieron o se le prestaron antaño. Digamos cuanto antes y lo más sumariamente que podamos, a fin de instalarnos en la cosa misma, que el hombre helénico, el hombre jurídico romano, el hombre de la escuela medieval, el hombre romántico y el clásico, el hombre realista —o sea, en sus arquetipos literarios, el ser de Eurípides, el comensal de Petronio, el hombre de Raymundo Lulio, Carlos Bovary, el sujeto filosófico volteriano y el personaje heredo-trágico de L’Assomoir— no difererían en esencia, aunque se distinguieran íntimamente en existencia, del héroe de Proust o el “hombre sin cualidades” de Robert Musil, mal que sentara a ciertos arrebatos kantianos de la reflexión crítica sobre sí misma. Una especie de continuidad íntima instalada presidía a todos aquellos seres de diversa edad.
Pero el hombre que vivía así hasta hace pocos años, en medio del haz de los proyectores seculares, ha empezado a ser otra cosa, se ha puesto a ser otra cosa, o bien la secreta histotia del acontecer cósmico lo ha colocado en la suma fatalidad de ser esa otra cosa.
No es fácil progresar en este género de apreciaciones. Son un tanto eso: género, y de lo genérico y especial se habla ligeramente. Pero lo cierto es que cuando algo de fundamental y de distinto le ha pasado al mundo, algo de igualmente fundamental e igualmente distinto le ha pasado al hombre. No se trata ya del planteo atómico de nuestro tiempo, sino de algo de más interno, de más concerniente a la órbita de las relaciones humanas: en cierto sentido, ha sobrevenido esa especie de desmoralización o libertinaje en que la razón, cansada de no progresar en la organización de algún producto inmaterial en la medida en que lo han hecho la metafísica realista y la ciencia actual, ha incurrido, por una especie de quiebra de sí misma. Podría decirse que el hombre ha entrado hace algunos años en la etapa de confesarse, sin atreverse a publicarlo o a intercomunicárselo radicalmente, la certeza de no saber qué hacer consigo mismo — entregado ya como está a que se haga de él—, si no es meditar elusivamente en las probabilidades de su autodestrucción como género humano. Allí donde ha llegado el pensamiento helénico, allí donde ha llegado la física contemporánea, no ha pensado en efecto llegar el hombre en las soluciones de su destino racional o convivencia premeditada, y, sabiéndolo, se acuesta caído como un lobo viejo a descansar de su fracaso, puestos los ojos en la apoteosis destructiva de semejante fracaso. Todos los días leemos sin encabritarnos la crónica de nuestra anunciada desintegración y manejamos nuestro destino común, no como hombres dotados de aparatos inteligentes, sino como dioses ofensores a cuya empresa se hubiera confiado el cometido de aniquilarnos.
La conciencia, no de la necesidad inmediata y heroica de remedios sino de la inevitabilidad eventual de semejante calamidad, ha llevado al hombre actual a buscar en acto y en el acto, en su dintorno y en la esfera de sus medios de acción momento tras momento acelerados, el consumo de productos de cuya especie y volumen obtenga las específicas y voluminosas saciedades en que se compense por anticipado el mañana tan oscuro de su destino, operada la rotura racional del timón. Devorarse devorando es uno de los temas de este tiempo.
Un mundo autodesilusionado y complaciente produce un hombre de su especie: de poco vale al que no se ha salvado en espíritu querer reconquistarse en órdenes inmediatos; pese al consumo y disfrute de lo inmediato, se entrega de todos modos el que no tiene ante sí más que la pared mental de la catástrofe.
Tales consumo y disfrute urgentes y saciedad de lo inmediato, importan dos de los principales aspectos que han llevado al hombre moderno a su estado de externidad. El ser como lo que es ha dejado su sitio al ser como lo que no es. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el hombre moderno ha tendido a abandonar deliberadamente todo cuanto le significara compromisos inquebrantables de la tradicional razón escrupulosa, y se ha orientado hacia la yugulación o decapitación capital de cuanto hacía su propensión valorativa aplicada a los módulos del comportamiento. El ser como lo que no es se sustancia en la abolición de aquello que lo hacía categóricamente ordenado al sistema armónico del principio, para hacerlo un puro estado de aceleración o sea un palmario abandono del estado eminente de gravitación, moral y socialmente hablando. Pero lo que distingue al ser como calidad está hecho de hesitación ponderativa; sin hesitación ponderativa, el hombre cae en esa suerte de maquinismo centrífugo hacia el que se lanza ya cada vez más, bautizando su nueva actitud con el nombre de los más opuestos ismos y decorando los ojales de su indumentaria con cuanto signo gregario —al hacerlo todo antes de que sea nadie— sustituya su ausencia de deliberación autocrítica o autocuestionante. ¿Se cuestiona el hombre de hoy? Justo es responder que en términos generales sólo se afilia a los cuestionamientos colectivos, pues todo en él tiende a buscar fuera de sí los argumentos que lo pongan en paz con su leso estado de no-intimidad o no-interioridad. Yo he conocido hombres que, llevados por la corriente de esta vida, en el plazo de pocos años han convertido el centro de sí mismos en el centro de todo cuanto de exterior pudiera cambiar un aparato de sensibilidad en un aparato de ajenidad, y sin que siquiera necesitaran revestirse de los ribetes del disimulo, en tal modo el nudo considerado inútil de sí mismos había sido abandonado sin nostalgia.
Vivimos el tembloroso tiempo de intervalo. Las medidas del compás universal se han abierto de modo tal, que el espacio que queda de vida a las generaciones actualmente vivientes es una especie de estupefacción cósmica por una parte y de abismamiento terrestre por la otra. ¿Qué va a acontecer? ¿Qué vamos a hacer o qué se nos va a hacer? ¿En qué forma los tremendos hallazgos van a transformarnos, a enriquecernos o a aniquilarnos, tal vez a re-crearnos, mostrándonos, después de habernos mostrado la verdadera realidad de lo imprecisamente imaginado, el espantoso reino de lo nunca imaginado, esto es, de lo crítica y abismalmente extrahumano e inhumano? Porque cuando llegue lo todavía no imaginado, ¿qué va a hacer el hombre con sus módicos aparatos interiores de acomodación y medición?
Por eso digo que no es extraño —aunque es terrible— que el hombre moderno, en este tembloroso tiempo de intervalo, haya querido salirse de sí, transitar hacia lo exterior antes de que lo exterior lo sorprenda en el interior de la madriguera sin escapatoria. Yo no sé si conocerán ustedes el cuento de Kafka sobre la madriguera. Consiste en esto. El indeterminado sujeto del relato ha terminado su obra: la madriguera. Primera precaución defensiva: desde fuera sólo se percibe un agujero que no es en realidad la verdadera entrada. Bajo una capa de musgo suelto, está a mil pasos el verdadero acceso. La astucia ha sido manejada para despistar. Naturalmente, alguien podría descubrirlo, entrar y destruir la obra. Pero el constructor ha tenido bien en cuenta la posibilidad de escape. “Vivo en paz en lo más profundo de mi casa —piensa— y entretanto se me aproxima sigilosamente el enemigo.” He ahí el problema de los problemas. No solamente amenazan la madriguera los enemigos exteriores, hay más: existen los que habitan las profundidades de la tierra. Las meditaciones del constructor se amplían circularmente en torno a reflexiones de más en más terribles. Revisa la obra, las profundas galerías, la plaza principal; cada cien metros ha ensanchado las galerías hasta convertirlas en minúsculas plazas circulares. Pero, ¿y si llega el gran ataque? Caza, sí, ¿pero cómo proteger de las acechanzas el producto de la tenaz cacería? Medita. Teme y tiembla. A veces despierta con sobresalto pensando que la distribución de su refugio es completamente errónea. Transita desde los argumentos de seguridad que la razón le procura hasta los planes de transformación de la vivienda. En el fondo lo siguen ocupando los más oscuros temores. ¿Qué pasará si llega el gran ataque? “A veces —dice — sueño que he reconstruido la entrada, que la he modificado por completo, de prisa, en una sola noche, con fuerzas gigantescas, sin ser visto por nadie, y que se ha vuelto inexpugnable; el sueño en que eso sucede es el más dulce de todos y al despertar aún brillan en mi barba lágrimas de alegría y liberación.”
El laberinto termina, sin embargo, por ser un suplicio. El constructor busca al fin un buen escondrijo, y noche y día acecha desde fuera la entrada de su casa. ¿Es su situación tan desesperada? Si siquiera el enemigo empezara a actuar, pudiera verle la espalda mientras está ocupado en el ataque; pero no, no llega. Debió diseñar dos bocas para las galerías, es verdad que dos bocas duplican el peligro, pero una habría podido servir de lugar de observación. Pero, ¿por qué teme más al intruso que a la posibilidad de no volver a ver su obra? Regresa a ella. Pero al ir a descansar en las galerías oye el vago temible ruido. Es un siseo, un extraño silbido. ¿De qué enemigos proviene? ¿Cómo descubrirlos en el punto donde están atacando? Acaba por ir a acostarse bajo el musgo, como si abandonara la casa al silbador, conformándose con tener un poco de calma allá arriba. “Todos los deseos de tranquilidad son inútiles, la imaginación no se detiene.” Piensa que el ruido no proviene de muchos animales pequeños, sino de un gran animal. ¿Qué eran los otros minúsculos peligros al lado de éste? “Sería necesario establecer — cavila— si el animal sabe algo de mí y qué.” Y en la cavilación más punzante y más tremenda se agota, ya perdida la paz de su madriguera, el constructor, el animal: el hombre.
Pues bien, trasladada al orden humano, la Madriguera es el centro-problemática-íntimo del ser, el recinto donde opera su seria y profunda alquimia el sentimiento trágico de la existencia, la proveeduría de más íntimas cuestiones espirituales, el sitio donde la gracia interviene en el hombre una vez triunfalmente cumplidas las elaboraciones de la conciente, afligida y meditante soledad, el santuario recóndito del alma a oscuras a y a solas consigo misma, toda desvalida y aspirante de encendimiento.
Al abandonar la Madriguera para transitar desde la plena interioridad a la plena externidad, el hombre moderno cambia su posición en relación con el mundo. Durante los tramos característicos de la historia del espíritu como tal espíritu, el hombre tradicional era él y su mundo; el mundo circundante venía a hacerse partícula, a integrar los relativos y pequeños mundos individuales, el mundo de la interioridad. Ese hombre comportaba la medida de su mundo, entreverada con los mundos relativos de los demás hombres. De las relaciones de esos circunscritos universos nacían los conflictos típicos y atípicos de la conciencia y de la psicología del espíritu personal del ser aislado en sí y en su dintorno por antonomasia.
Pero el hombre moderno desequlibra y rompe esa relación. Todo él deja de hacerse ser y mundo para hacerse no ser en sí, sino mundo íntegro asumido, el mundo de los otros, el mundo de los demás. Al tocar la apoteosis de la externidad cada hombre se hace, no su mundo, sino más bien el verdadero mundo entero, se rompen las fronteras más centralmente íntimas, roza con su periferia la esfera entera del planeta, el todo mundo, el todo el mundo. Todas las formas de desintimización del ser concurren a producir ese efecto al poner al hombre, mediante los monstruosos instrumentos de difusión y propagación a saciedad de la noticia como aglutinante y como expansor en continuo e inescapable frotamiento con las otras unidades individuales. Cada cual sale a ser todos; cada cual quiere ser todos, parecerse a todos, comportarse como todos, al tiempo que no ignora nada, no de sí sino de todos. El mundo está como nunca al alcance de sus manos. Todo él no es en efecto él, sino lo más enteramente posible los demás. Todo él no es en efecto un mundo, sino el mundo, la totalidad de lo alcanzable como noción urgente, hecho y noticia. Un órgano le ha crecido: el aparato que lleva a su casa, por el conducto auditivo y visual, la parte de todos con que para no ser él solo ha de cargarse cada día.
Al externizarse —que no es lo mismo que exteriorizarse—, el hombre moderno no asume una forma más de hacerse naturaleza, no se opera en él una regresión —ya que, ¿cómo ha de cambiar la estructura esencial de que en tanto que ser está constituido?—, sino que adopta una situación nueva al desnaturalizarse para hacerse estado seudo-cínico de periferia. Se pone, literalmente, a desvivirse por vivir más, por ser más todo mundo, todo el mundo. El hombre se vuelve al ant-inocente. Ciertos superiores principios conquistados empiezan a ser enjuagados, no sin escarnio, y después de los cesarismos que se renovaron en nuestra época a favor de esa despersonalización del hombre, a veces tiende a torturar y ejecutar, exhibiendo sus víctimas como los cuerpos que colgaban en la Via Apia después de la rebelión de Espartaco.
El principio interioriza al hombre. De ahí que el principio estorbe y se haga odioso a los sarcásticos y a los vociferadores, a los super-exteriores. Los super-exteriores, super-exteriorizadamente frenéticos, quieren tomar la voz mandante en un mundo donde parecen ser barridos a diario los inocentes.
Pero estemos tranquilos: si alguna vez adviniera al mundo el acontecimiento de su destrucción, sobre su helada cresta caminaría aún el último inocente.
El mundo mismo, no sólo el hombre, ha cambiado de orientación. Antes estaba el ser contenido en el todo; pero de lo dicho aparece que el ente dramático por excelencia resulta ser el mundo ante otro todo, un todo practicable, accesible, un todo que se manifiesta como cosa distinta, como cosa pensada que se va a hacer, que se está haciendo otra cosa que pensada. He ahí lo de veras imponente de este tembloroso tiempo de intervalo. El hombre actual se hace todo mundo, y el mundo se hace todo otros mundos, empieza a volverse hacia lo que ahora ve ya como suyo, como la parte que le faltaba, como la parte que va a favorecerlo o a espantarlo. Y a favorecerlo espantarlo en un grado de que no tenía noticia pese a su supercivilización clásica.
Mas volviendo al hombre actual, nunca se había llegado en él a semejante coeficiente de homogeneización. Al llegar a lo más definido de su intención de externidad, se encamina incesantemente a homogeneizarse, y de modo tal que el novelista, el observador, el definidor, encuentra por primera vez el problema de perderse en la bruma de lo indiferenciado. Ya Iván Ilitch no nace en su muerte, porque hasta la muerte ha devenido una materia genéricamente trivial: ¿Quién no se avergonzaría de pensarse en términos de sí mismo en un mundo de volcados al “qué va a pasar”? Y los cuatro Karamazov, si regresaran a la vida en nuestro tiempo, se encontrarían con que el planeta ha perdido la totalidad del aire respirable para su especie personal. El conflicto interior ha pasado a ser algo comparable a ese momento en que el viajero vuelve a su cuarto para demorarse unos momentos en busca de lo que ha olvidado: un hecho perdido. El conflicto por antonomasia es para el hombre actual el hacer triunfar el abandono de la madriguera contra el enemigo exterior, contra la presión exterior, contra la amenaza exterior: todo ocurre en ese mundo de fuera. Los caracteres tienden a limar urgentemente sus aristas; sólo la expresión colectiva o conjunta parece poder expresarse como carácter. Los modos de leer han cambiado, los modos de escribir han cambiado, la mayor filosofía socrática y presocrática parecen cándidas, son demasiado inocentes para un mundo en que el pensamiento no deja de inventar instante tras instante como lugar común y como aceleración. El modo de sentir y el modo de querer vivir han perdido todo el poder abismático. Y las cenizas de la poesía duermen en la esperanza de su Fénix.
Tiene, en suma, ante sí, quien quiera narrarlo o definirlo, a un ser que se ha colocado frente a su madriguera primitiva y ahora que ha querido protegerse más saliendo de ella a su exterior es cuando más ha perdido y se ha perdido.
Ese ser, no sólo se ha externizado, sino que ha hecho algo más. Lo ha externizado todo. No quiere de las cosas más que sus aspectos más externos, de los otros seres más que sus resonancias más superficiales, menos propias, las menos dramáticas posible. Otra actitud lo obligaría a penetrar en la madriguera, que es la intimidad de los otros, la problemática de los otros, la vida recóndita de los otros. Nada de cosas recónditas para el personaje del presente tiempo. Nada de cepos. Después de su precipitado merodeo, elude en los otros cuanto amenaza atraparlo, acercarlo a un conflicto humano, comprometer su libertad módica, nivelada y suficiente, en alguna inmoderada cesión de sí al mundo grave de las emociones o de las pasiones no colectivas, posiblemente comprometedoras, no comunes.
Lo que pasa es que en gran medida al hombre de hoy —el hombre de la calle, el hombre del café de pie y de paso, el hombre de la oportunidad, el hombre del rumor en bruto— es más de hoy que hombre, radicando ahí su fraude hacia sí mismo.
En el siglo XV corría por Bruselas una herejía llamada “de los hombres de inteligencia”, cuyos caudillos eran el carmelita Hildenissen y Gil el cantor —nombre sugestivo—, y según la cual el hombre interior no se contaminaba con las acciones exteriores. A la inversa de esa herejía, pero con no menor soltura, piensa el suspicaz sujeto de esta hora que el hombre exterior sí se contamina con las incidencias del hombre interior, al que hay que escaparle como al diablo, no sea que nos pierda en la madriguera.
b.
El narrador, el definidor, piensa en este hombre así afectado, preocupadamente. Se pregunta, como se ha preguntado cada vez que el genérico protagonista se le pone crítico: “Pero ¿qué ha sido el hombre, qué ha sido el hombre siempre? ¿Qué es ahora? ¿Qué se ha vuelto? ¿Qué va a ser?” Por lo pronto, una conclusión resalta obvia. Lo mejor que puede en esta emergencia acaecer al hombre es que abandone la idea de que se va a hacer algo de él y se ponga categóricamente a ser lo que va a hacer. En ese camino, lleno de calculables proyectos y copiosas perspectivas, el narrador lo espera con alma expectante y deseo de ver, de nuevo, al hombre nuevo. Hombre nuevo se ha de llamar siempre al que vuelva a ser flamantemente lo que con más gravedad fue: el hombre del Antiguo y del Nuevo Testamento, el hombre de San Pablo, el hombre de Eurípides, el hombre de Tácito, el hombre de la historia como historia de la conciencia, el hombre en sí mismo y no en los accidentes del acto como acto externo, como acción en la mera acepción existencial, o sea en la fórmula del “il n’y a de réalité que dans l’action”.
Valga esta obviedad: el hombre no es sino cuando es sí mismo. O sea cuando es “nada menos que todo un hombre”, que todo el hombre. Por consiguiente, en el pensarse y serse cada vez más en términos de sí mismo es donde fatalmente va a hallar su propia restitución a la integridad, su restitutio ad integrum, su rehallazgo de la morada perdida por miedo de ser cazado en ella.
Pero cazados en lo que somos es lo que deberemos ser, antes que expuestos a morir de ese solo casi no ser hombres, de ser más de hoy que hombres. De todas las muertes posibles, la peor es irse muriendo de ese casi ser y casi hacer en que consiste la vida del precipitado hacia la casi vida que es la externidad vital.
Lo que cabe ahora preguntarse, y preguntarse dramáticamente, es cómo va a producir el hombre de hoy tal conversión hacia su centro cuando ya la locura de las fórmulas de exterioridad hacen cada día más presa de él. Vemos, en efecto, al hombre poseído de la fiebre de externidad acudir, cuando es un intelectual, no ya a los viejos paraísos artificiales, sino a vehículos tan tremendos como verbigracia la mescalina, para transportarse a temibles planetas morales donde encontrar supuestas terríficas estaciones donde el “genio” se suscite por metamorfosis o transportes más cenitalmente monstruosos que mágicamente fabulosos. Vemos unidas a ese nuevo modo intelectual de salirse de sí las variantes de otras fórmulas que van desde las evasiones más diversas hasta las agresiones más extremas del resentimiento disfrazado de superinteligencia destructiva. Vemos el seudo enciclopedismo o seudo información avanzar triunfal y poderosamente sobre las formas legítimas de la cultura. Vemos el auge apoteótico del apetito de la omni-tenencia, por así llamar a esa necesidad de poseer a título confortable, pero sobre todo a título representativo y hasta agresivo, cuanta máquina pueda ser objeto de posesión.
Por lo demás, cunde una especie de necesidad a ultranza de ir en todos los órdenes de la aplicación construtiva, ya sea espiritual ya sea material, no a las soluciones estables, sino a una suerte de adopción de lo provisorio como patente ficticia de permanencia. Así, en arte, se empieza a construir ya mediante los sistemas más inteligentes de organización artificial, y todo con vistas a no ocultar el juego y hasta facilitar el paso de lo que vendrá a echar por tierra lo recién y artificialmente construido. En dos números consecutivos de Le Figaro Littéraire acabo de leer estas dos aseveraciones sorprendentes; ellas traen agua a nuestro molino. En una se habla, a propósito de artes plásticas, de “un academicismo más opresivo que el anterior”, agregándose que “empero, como ha sucedido en el pasado con la dictadura del pompierismo una nueva ola de pintores vivos abatirá a la del abstracto”. Y en la otra, Jacques Lemarchand analiza la última pieza de Sartre, Los secuestrados de Altona, en estos términos, que en otra hora nos habrían parecido inverosímiles: “El tour de force de Los secuestrados de Altona ha logrado perfectamente su objeto. Pasará de moda muy rápidamente, mucho más rápidamente de lo que sospechan los admiradores de Sartre, pero en el tiempo exacto que sin duda ha previsto el autor. ¡Qué no prevé Jean-Paul Sartre! Una vez agotado su éxito inmediato, Los scuestrados de Altona irán a encerrarse en las páginas de un excelente volumen de su Teatro y allí vivirán muy bien. Se les citará con frecuencia. Habrá quienes se refieran a ellos. Sólo que será incomprensible para los espectadores del año 1970 (sic) que hayamos podido estar fascinados por las representaciones de Los secuestrados. No es menester acusar a los espectadores del año 1970, vale más explicarles desde ya por qué fuimos fascinados y no lo estarán ellos sin duda. Los secuestrados de Altona constituyen —explica el crítico— una experiencia de laboratorio llevada a su término por una mano extraordinariamente firme. Como en toda experiencia de laboratorio entra en ella naturalmente la prestidigitación —y nada pasa de moda tan rápido como las experiencias de laboratorio y las diversiones de la prestidigitación. No hay por otra parte en el desarrollo de esta experiencia ningún rastro, por ligero que sea, de sensibilidad: y el teatro no puede atravesar no ya los siglos sino los decenios, si no se refiere a esa misma sensibilidad común de los hombres de todos los tiempos y de todas las razas gracias a la cual, por ejemplo, la aventura de Antígona o la de Tristán e Isolda se ríen de los cohetes a horario y de la relatividad de los tiempos. Tal como nos la cuenta Sartre, la aventura de la familia Gerlach está presa en su hora, fija en el muro…”
Sin embargo, aun los aspectos más actuales de la metafísica e inteligencia en sus formas todavía profundas, todavía asentadas sobre la propia autoridad eminente de su eje intrínseco central, acuden como tipo rector a la idea del hombre clave, del hombre-hombre, del hombre como vector de toda trascendencia ya que el camino hacia Dios pasa por él. Así, reproduce Heidegger en su Introducción, el pasaje precisamente de Antígona, la Antígona de Sófocles, relativo al hombre, donde, según el principio mayor, se le narra o canta definiéndolo. Todavía lo realza Heidegger sobre lo antiguo y sobre lo conocido aun interpretándolo originalmente. Ya el hombre es “lo que hay de más inquietante”. Pero ese que es el más inquietante es también, para Sófocles, a través de las versiones clásicas, lo más maravilloso, pues el Coro de Antígona proclama: “El universo está lleno de prodigios; pero nada hay más prodigioso que el hombre”.
Y así, dice William Faulkner, asumiendo como voluntad de trascendencia en el orden humano el temblor de sus propios héroes para mandar sobre ese temor y decidir por el conducto de la inteligencia responsable la misión de quien tenga uso de poder creador, artísticamente hablando: “Los hombres y mujeres jóvenes que hoy escriben han olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, con cuyos problemas solamente se puede hacer buena literatura, porque sólo de eso vale la pena escribir… Deben volver a aprenderlos”.
Y es que quizás uno de los sentimientos más generales y más profundos que hayan tenido como base constante la grandeza y la fuerza de los escritores, haya sido un elemento de aparente debilidad, pero en todo caso de debilidad esplendorosa según el solemne esplendor de la Piedad, en realidad todopoderoso, y ese sentimiento y ese elemento consisten en la vocación de respeto por el sentimiento de culpa en los hombres y en las congregaciones humanas. De todas las causas trágicas del hombre, la de su propio sentimiento de culpa es tal vez la más terrible, asolante y conmovedora, y el grito de apelación más eterno y más tremendo ante los pórticos de la salvación. Por eso la literatura más conciente de nuestros días tiembla ante el palidecimiento masivo de ese sentimiento de culpa en la generación que se levanta, y establece su puesto de esperanza en el despertar de esa voluntad clamorosa de auto-acusación y de anticomplacencia, sin lo cual el principio de que “todo está permitido” correrá cada vez más sus cortinas negras sobre un mundo terrible. Con frecuencia vemos subvertido el principio platónico para decir que se puede soportar cualquier injusticia con tal de poder ser injusto uno mismo…
Y así como a la corta o a la larga sobrevivirá sobre el mal el último inocente, así será siempre, en las contingencias de este mundo, el representante sincero del más enaltecedor conflicto que cada hombre lleva en sí, y el primer fautor de un orden nuevo, aquel que esté dispuesto a aparecer a toda hora en su propio corazón como el primer culpable.
¿Qué ansiedad hay parecida a la que empuja al narrador, al definidor, a descubrir, en la agitación de las formas de un mundo tan dramáticamente intranquilo, tan dramáticamente urgido de vivir urgentemente, aquellas conciencias no confundibles y aquellos permanentes caracteres que estén de pie cuando todo tienta y se protege estremecido? ¿Aquellos rasgos salvadores, no son los que encenderán todavía la luz en los ojos del último inocente? Y al último inocente se parecerán en espíritu, pues todo lo salvado, pues todo lo salvable, es aquello en lo que la inocencia vence todavía sobre las fuerzas empeñadas en su ciega disolución y en el desdén tremendo por la causa esencial del alma humana, que es su afán puro de inmortalidad. Un mundo sin perspectivas de conciencia sería un mundo helado y aterrante, en que vivir parecería una empresa cínica de derrotados en la barca de su propia visión de hielo y de muerte.
Pero la vista de todos los martirizados de un tiempo grave y crudo está fija en el último inocente. El verdadero mundo camina por vías profundas hacia él. Y en él se salvará el canto de atrición y apelación de cuyo consternado y suplicante temblor saldrá al fin de nuevo a ser ella misma la eterna voz humana. Tal es quizá el secreto de esta hora.
Mas, ¿le cabe al novelista moderno ir a representar al hombre actual tal como lo hemos caracterizado, o descaracterizado? No por cierto. Pues el novelista, antes que todo, es un ser elegido de visiones, desvelado en la noche por el llamado de la visión. Mas, ¿qué es la visión? Aquello que desde las regiones más brumosas de sí mismo lleva al hombre hacia las costas de su más lejano, altivo e intimidante más allá. Y el más allá del hombre actual, cuál puede ser, sino aquel en que, glorioso de su más tremenda herida, se alce para ver más todo él, y mire lo que queda por vivir con los ojos asombrados con que Copperfield miraba a Steerforth, o Iván Ilitch superaba su muerte, con los ojos del inocente otra vez victorioso en una nueva apoteosis de la conciencia, en que ésta se hará quizás nueva y virginal a fin de mostrar a ese hombre su unificación resplandeciente con aquello en que de más elevado creyó.
(*) Reflexiones leídas en el Instituto Italiano de Cultura el 11 de noviembre de 1959. Eduardo Mallea, Las travesías, II, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1962
